Investigamos y promovemos el acercamiento entre las culturas catalana y americanas, dándolas a conocer al público en general.

El bicentenario y la tradición republicana

*RAFAEL ROJAS
El País 22/11/2009

Especial Bicentenario

Si hace 200 años los fundadores de Hispanoamérica imaginaron repúblicas sin democracia, hoy, en América Latina, la democracia se ve amenazada por la crisis de los valores que decidieron la independencia.

América Latina llega a dos siglos de su independencia cuando se cumplen 20 años de la caída del Muro de Berlín y del reacomodo de la región a los patrones geopolíticos de la postguerra fría. El bicentenario coincide, además, con el agotamiento de las políticas económicas y sociales, asociadas a la ortodoxia "neoliberal" de los 90, y con el afianzamiento de procesos democráticos que han permitido el acceso al gobierno de importantes partidos, líderes y movimientos de una izquierda postcomunista. Para completar el nuevo escenario, en Estados Unidos se inicia una presidencia decidida a abandonar los últimos vestigios macarthystas de su diplomacia regional.

Es inevitable pensar el bicentenario desde el presente latinoamericano, pero también puede ser engañoso subordinar nuestra percepción de la independencia a la coyuntura actual. Mientras más respetemos la especificidad de aquel proceso político de hace 200 años mayores enseñanzas derivaremos del mismo y mayores similitudes le encontraremos con la América Latina del naciente siglo XXI. Hay más de una semejanza entre una región donde no existían naciones ni Estados, liberalismos ni conservadurismos, nacionalismos ni socialismos, y una región que parece de vuelta de las ideologías predominantes de los dos últimos siglos.

Para los fundadores de las primeras repúblicas hispanoamericanas el gran dilema era construir ciudadanías -que, a partir de la dotación de los mismos derechos civiles y políticos, ellos imaginaron homogéneas- en comunidades caracterizadas por una profunda diferenciación económica, jurídica, étnica, religiosa, lingüística, regional, cultural y política. La mayoría de los letrados y caudillos que intervinieron en el diseño constitucional de los nuevos Estados -Simón Bolívar, Andrés Bello, Fray Servando Teresa de Mier, Lucas Alamán, Lorenzo de Zavala, Vicente Rocafuerte, Manuel Lorenzo de Vidaurre, Félix Varela...- veía como un obstáculo la heterogeneidad social de sus respectivos países.

Sin embargo, por actuar en décadas (1810-1840) en las que la polarización entre liberalismo y conservadurismo aún no se manifestaba plenamente, para aquellos primeros republicanos no era importante atacar o defender las propiedades comunales o eclesiásticas, eliminar o preservar el fuero militar, ampliar o limitar el rol de la Iglesia en la educación y en el derecho. Aunque la mayoría de ellos compartía la plataforma doctrinaria del liberalismo gaditano, la ausencia de una querella liberal-conservadora los volvía, acaso indeliberadamente, más flexibles desde un punto de vista comunitario, acercándolos a quienes vivimos en las sociedades multiculturales de hoy.

Las disputas entre centralismo y federalismo no tenían, para aquellos republicanos, las connotaciones que luego tendrán para liberales y conservadores. Los federalistas mexicanos, por ejemplo, no veían en ese régimen la amenaza de una pérdida de soberanía, en los Estados del Norte, ante la expansión territorial de Estados Unidos. Entonces Washington era visto como un aliado, no como un enemigo -connotación que se afianzaría a partir de la guerra con México, entre 1847 y 1848, y la difusión de la doctrina del "destino manifiesto". De ahí que algunos federalistas como Zavala y Rocafuerte pensaran que la autonomía regional, en vez de debilitar, fortalecería la integración territorial de los nuevos Estados.

Los primeros republicanos de Hispanoamérica no eran nacionalistas, pero tampoco eran demócratas: algunos estaban a favor de la tolerancia religiosa, otros no. Cuando Mier o Rocafuerte, Zavala o Vidaurre hablan de democracia lo hacen en un sentido muy parecido al de Tocqueville y otros liberales de la primera mitad del siglo XIX: democracia es, para ellos, sinónimo de igualdad, y, por tanto, de amenaza al equilibrio social. Bolívar, como es sabido, compartía aquellos escrúpulos e ideó fórmulas constitucionales como el "senado hereditario" o la "cámara de censores" para, en sus palabras, "atemperar la democracia con instituciones aristocráticas".

Atribuir a Bolívar una "concepción democrática revolucionaria", "antiburguesa" o "anticapitalista", como hizo el presidente Hugo Chávez en su discurso de toma de posesión, el 10 de enero de 2007, es, cuando menos, una burla a dos siglos de estudios bolivarianos en Iberoamérica. Ese Bolívar protomarxista no sólo es cuestionable desde las conocidas ideas de Marx sobre Bolívar, sino desde los propios textos políticos y constitucionales del Libertador. Con el Bolívar de Chávez sucede como con el Martí de Fidel Castro: dos estadistas republicanos del siglo XIX que terminan siendo desconectados de su propia tradición e incrustados en las izquierdas marxistas del siglo XX.

Muchas de las fórmulas autoritarias que ideó Bolívar, incluida la "presidencia vitalicia", que tomó de la Constitución haitiana, estaban inspiradas en la certeza de que sociedades como las hispanoamericanas, moldeadas por tres siglos de régimen colonial, corporativo, esclavista y estamental, no podían constituir, de la noche a la mañana, ciudadanías modernas. Pero Bolívar otorgó a ese diagnóstico, típicamente ilustrado, un acento republicano que tenía como finalidad la creación de comunidades virtuosas por medio de la educación cívica y de una gradual igualación de derechos y deberes.

El propio Bolívar no ignoraba que instituciones como la "presidencia vitalicia" minaban las bases de una república. En su Discurso de Angostura (1819), dijo que "la continuación de un mismo individuo frecuentemente ha sido el término de los gobiernos democráticos... Un justo celo es la garantía de la libertad republicana y nuestros ciudadanos deben temer con sobrada justicia que el mismo magistrado que los ha mandado mucho tiempo los mande perpetuamente". Cuando, siete años después, Bolívar diseña la Constitución de Bolivia como modelo hispanoamericano, la mayoría de los letrados bolivarianos (Mier y Rocafuerte, Vidaurre y Zavala, Bello y Heredia) se le oponen.

Para aquellos fundadores de la Hispanoamérica moderna el arquetipo del estadista republicano era George Washington, quien en 1796, a punto de cumplir su segundo mandato presidencial, declinó postularse a una segunda reelección y se retiró a la vida privada en Mount Vernon. Desde 1808 esos pensadores comenzaron a contraponer la figura de Washington a la de Napoleón, a quien vieron como una encarnación moderna del cesarismo que había malogrado la república romana. A partir de 1826, Bolívar comenzó a ser visto, también, como un nuevo César. Benjamin Constant resumiría ese desencanto hacia la figura del Libertador en un discurso ante el Parlamento francés: "No, la dictadura nunca es un bien; la dictadura nunca es lícita. Nadie está lo suficientemente por encima de su país y de su tiempo para tener derecho a desheredar a sus ciudadanos".

Si hace 200 años, los fundadores de Hispanoamérica imaginaron repúblicas sin democracia, hoy, en América Latina, parecen construirse democracias sin república. Las reformas de los 90 redujeron los Estados al mínimo y limitaron la capacidad de constituir ciudadanías plurales, participativas e incluyentes por medio de la educación, el laicismo y la cultura. El ascenso del autoritarismo de izquierda en la última década, desplazó el péndulo al otro extremo: reelección indefinida, control de la sociedad civil y los medios de comunicación, capitalismo de Estado, caudillismo. A 20 años de la caída del muro de Berlín, todos los países latinoamericanos, menos Cuba, son democráticos, pero la democracia vive amenazada por la crisis de los valores republicanos que decidieron la ruptura con la monarquía absoluta.

*Rafael Rojas es historiador cubano y exiliado en México. Ha ganado el primer Premio de Ensayo Isabel Polanco con Repúblicas de aire.


El Festival de Música de Granada mira a Iberoamérica

Especial Bicentenario

Con el propósito de crear emociones, la 59ª edición del Festival Internacional de Música y Danza de Granada arrancará el 25 de junio en la Alhambra y durante tres semanas inundará la ciudad de muy diversas propuestas. Con motivo del bicentenario de la independencia de las repúblicas americanas, el festival tenderá un puente al otro lado del océano por el que pasarán cientos de artistas.

De hecho, será la Orquesta Sinfónica de la Juventud Venezolana Simón Bolívar, dirigida por Gustavo Dudamel, la encargada de inaugurar el festival. "Será un acontecimiento muy especial. La orquesta venezolana ha recibido muy importantes premios en todo el mundo, si es que existe un premio más importante que el que supone haber sacado a más de 100.000 niños de la pobreza gracias a la cultura", explicó ayer Enrique Gámez, director del festival.

El programa incluye a la Orquesta Sinfónica del Estado de México, la Filarmónica de Gran Canaria, la Sinfónica de Galicia y la Orquesta Ciudad de Granada, entre otras. El certamen contará con tres conciertos de la Staatskapelle de Berlín, dirigida por Daniel Barenboim. El primero estará dedicado a Chopin mientras que en los dos siguientes se interpretarán sinfonías de Bruckner. Con motivo del centenario de Miguel Hernández, el festival dedicará su clausura al poeta el 14 de julio en el Teatro del Generalife. Joan Manuel Serrat presentará las canciones de su último disco, que rinde homenaje a Miguel Hernández.

Llanto por Chile

ANTONIO SKÁRMETA
El País 01/03/2010

Especial Bicentenario


Que el "terremoto sea un hábito chileno no nos excusa de decir que este último de la madrugada del sábado es el más estremecedor que he vivido.

Escribo en mi estudio de Santiago tras abrirle un hueco a mi ordenador entre los cientos de libros de mi biblioteca derrumbados de los estantes.

Escribiendo me alivio un poco de la porfiada monotonía de las informaciones de la televisión que acumulan tragedias sin tregua.

Cientos de compatriotas muertos o desaparecidos y la cifra sube sin piedad.

El pujante Chile, que destacaba por su modernidad y progreso en América Latina, se le ve gravemente herido. No sé cuántos años tardará la reconstrucción.

Este es un país no sólo de delgada forma extravagante, sino también un territorio extremadamente vulnerable. Los 4.000 kilómetros que separan el punto más alto en el norte del más extremo del sur son igualmente presas propicias para los movimientos telúricos.

Esto fue así, y seguirá siendo así pues la naturaleza tiene caprichos que los hombres no dominamos. Tras cada catástrofe, con más voluntarismo que lógica, pensamos que acaso sea la última.

De hecho, un sismo de esta violencia no ocurría desde hace 50 años. Creímos entonces que la tregua de la Madre Tierra era infinita, pero ahora escribimos desde los escombros que provocó su furia.

La violencia estalló en plena noche, hacia las cuatro de la mañana del sábado. En Chile es verano en febrero y ciento de miles tienen vacaciones en las playas o en los bellos lagos del sur.

Las noches de suave brisa y cielo estrellado, son propicias para grandes festivales de teatro, o de la canción popular, como el de Viña del Mar, nuestra más conocida ciudad-balneario- que justamente tenía esta semana su fiesta máxima: el Festival de la Canción.

Este año la competencia internacional tenía una modalidad distinta debido a que Chile celebra el 2010 el Bicentenario de su Independencia en 1810 del Reino Español.

Se le encargó al jurado determinar cuál es la más bella canción del mundo de los últimos 50 años de muchos países. Algunas son sincopadas, otras románticas, y las hay también conceptuales. Esto permite que Argentina compita con El día que me quieras, de Gardel y Le Pera, Estados Unidos con Rock around the clock, el tema de Bill Haley y sus Cometas que nos electrizó hace cinco décadas al final de la película de Blake Edwards Blackboard Jungle, Inglaterra con I can't get no satisfaction y la dulce Italia con el soberbio proyectil hacia el cielo de Modugno : Volare. España mandó un tema de Mocedades: "Eres tú", que en la versión actual sonaba como una letanía religiosa.

No sé quién ganó porque el multitudinario Festival cerró sus puertas sin una finalísima. La catástrofe terminó anulando todo: conciertos, cines, partidos de fútbol. "Cerrado el país hasta nuevo aviso". Cerrado también el aeropuerto internacional de Santiago. Dicen que por 72 horas. Otros la negocian en 48. Las imágenes que muestra la televisión son calamitosas. Pero el Ministro de Obras Públicas asegura que los daños son más bien "cosméticos".

Cosméticos o no, el hecho es que la tragedia pulveriza al menos tres grandes acontecimientos que tenían a Chile como sede. El principal, que prometía brillo a destajo era el Quinto Congreso de la Lengua Española en Valparaíso. Lo iban a inaugurar los Reyes de España junto a la presidenta Michelle Bachelet.

Excelente ocasión para celebrar la vitalidad de la lengua común entre españoles y americanos y además broche de oro para la rubia presidenta que en dos semanas entrega el Gobierno tras 20 años de su coalición de Centro-Izquierda al derechista Sebastían Piñera, claro ganador del ballotage en Enero. ¡Lástima!

Los pocos congresistas que llegaron a Santiago escaparon despavoridos en pijamas de sus cuartos en el hotel, otros que venían en vuelo aterrizaron en Buenos Aires y acaso los más alcanzaron a enterarse del terremoto en sus respectivos países y no emprendieron el viaje.

Inconmensurable tristeza, porque la Real Academia Española, el Instituto Cervantes, las editoriales y medio mundo le tenían a ese encuentro unas ganas locas y apostaron a él con entusiasmo. Incluso alcancé a recibir la deslumbrante Nueva Gramática de la Lengua Española que en dos volúmenes se las arregla en mi escritorio para no sucumbir a las frecuentes réplicas del terremoto.

Víctima del sismo fue también un precioso primer Congreso de Literatura Infantil y Juvenil que atrajo a cientos de especialistas de España, Brasil e Hispanoamérica al Palacio de Bellas Artes en Santiago. El antiguo edificio hoy padece un escueto cartel escrito a mano: "Cerrado". Sus cornisas se desprendieron y cayeron estruendosas sobre las escalinatas.

Doble lástima, tanto para la saliente presidenta como para el electo nuevo gobernante de la derecha. La primera, porque se merecía un festivo final a su gestión: según las encuestas, abandona el cargo con más del 80% de aprobación popular. Y Sebastián Piñera, que quería partir gobernando con energía arrolladora, va a tener ahora que dedicarse en primer lugar a reparar la cancha donde esperaba deslumbrar con jugadas mundialistas.


El nuevo occidente

España se sumará a Iberoamérica para celebrar el bicentenario de las independencias

17/05/2009
El País
17/05/2009
Editorial

Especial Bicentenario

En 2010 y 2011, la práctica totalidad de la Iberoamérica de lengua española celebrará el bicentenario de las guerras de independencia de España. Las fechas son inevitablemente arbitrarias, porque aparte de que no coinciden en cada país, en 1810 nadie proclamó independencia alguna, sino que la ciudadanía criolla asumió los destinos nacionales ante la dimisión de la Corona española, secuestrada por Napoleón. Y esa lucha por la libertad, paralela a los enfrentamientos en la península por la Constitución de 1812, fue una guerra civil entre españoles de dos mundos, en la que no todos los peninsulares pelearon por el trono y sí muchos de los americanos lo hicieron por la Corona.

Esta semana el Rey, el presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, y el embajador español extraordinario ante los bicentenarios, el socialista Felipe González, han solemnizado en un acto institucional la incorporación de España a las celebraciones. Como ya había dicho el ministro de Asuntos Exteriores, Miguel Ángel Moratinos, se tratará de una participación entusiasta pero prudente; España acompañará gustosa a los países iberoamericanos en los fastos, pero sin reclamar por ello protagonismo alguno.

Nuestro país tiene que estar en el recordatorio de ese tiempo común con Iberoamérica, pero con el fin de ayudar, colaborar, integrar. En ese mismo sentido, Moratinos propuso en el acto una América Latina que, junto con Europa y Estados Unidos, constituyera un nuevo Occidente, la tercera pata, pero no por ello supeditada a las otras dos, en una gran construcción de progreso y libertad.

Pero el empeño no es precisamente baladí, a causa de la complejidad que siempre han revestido las relaciones entre España y las Indias, en las que no mucho ha sido alabanza del pasado. Y ello es aún más así en este inicio de siglo, en el que el legítimo auge del indigenismo en Bolivia y la búsqueda de un cierto socialismo del siglo XXI en Venezuela, arrojan una sombra sobre ese apellido de todos que podría ser lo occidental. Ante esa realidad, no hay más receta para la diplomacia española que el respeto a la idea de sociedad que cada país desarrolle en democracia, junto a la cooperación económica con todos. Como dijo Felipe González, "una carretera une más que cien discursos", y España ha de saber hablar con los hechos, lo que incluye también la cartera; aún en tiempo de crisis.

España ha sido partera de Iberoamérica, y no solo por razones históricas, y hoy económicas -un 10% del PIB español se ha generado estos últimos años en la región- ha de estar presente de forma especial en esa parte del mundo. Por ello, lo que España represente para los iberoamericanos será en gran medida lo que cuente en Europa y el mundo. Esa es la razón por la que debería interesar a todos la construcción de un camino común con Iberoamérica, bien que siempre en el respeto a la diferencia. Esa y no otra es la democracia de Occidente.


En Bogotá se habla catalán

Festival Iberoamericano de Teatro
Tomado de la revista Semana
. Colombia

Cataluña es el invitado de honor al Festival Iberoamericano de Teatro que comienza el viernes 19 de marzo: una región con una de las tradiciones teatrales más interesantes de Europa.

Pocas regiones de la península ibérica tienen una tradición teatral tan rica como Cataluña. Una tradición que se remonta al medioevo, que vio su apogeo a principios del siglo XX y que por poco desaparece tras la Guerra Civil española. Se sabe: si no hay lengua, no hay teatro, y durante el franquismo hablar catalán se castigaba con cárcel. Desapareció la producción teatral, cientos de directores y actores se exiliaron, pero en este caso, la prohibición resultó ser un hervidero de nuevas ideas que florecería en los últimos años de la dictadura. Poco a poco, empezaron a surgir grupos de teatro independientes, jóvenes aficionados se reunían en secreto, improvisaban escenarios en sus casas y montaban obras críticas que reivindicaban su cultura. El terror de todo régimen que empieza a flaquear: "Era una movida muy cerrada, casi privada", como lo recuerda el director Carles Santos hoy. "Había más gente en el escenario que en el público".

Ahora, 30 años después, Cataluña es el invitado de honor al Festival Iberoamericano de Teatro. Un honor que, lejos de ser inesperado, está merecido, porque, como dice la directora del Festival, Anamarta de Pizarro: "El desarrollo de las artes escénicas en Cataluña ha sido muy importante y el teatro catalán es una referencia en todo el mundo". Barcelona no sólo cuenta con 25 salas que presentan obras de teatro todos los días y con 10 compañías de proyección internacional (números nada despreciables para una ciudad con poco más de un millón y medio de habitantes y una lengua que hablan siete millones de personas), su dramaturgia ha florecido como pocas. Tanto, que donde quiera que se presente una compañía su sello se reconoce inmediatamente.

Si el mundo onírico de Gaudí y el surrealismo de Dalí y Miró han sido la fuente de inspiración para el teatro callejero, el de sala brilla por lo vanguardista. Sus montajes mezclan artes plásticas, música y danza con elementos electrónicos y digitales. Es el caso de la Pantera imperial de Santos, que se verá en Bogotá del 27 al 30 de marzo: un montaje que incluye 17 bustos colgantes de Bach, pianos que se mueven en el escenario y una mezcla de música barroca con stomp. Los directores de teatro de texto, el que centra su acción en los diálogos, hacen nuevas lecturas de los clásicos, con frecuencia bastante atrevidas. Lecturas como la que Àlex Rigola hizo en 2001 de Tito Andrónico -la tragedia más sangrienta que escribió Shakespeare-, en la que Tito era un mafioso y que escandalizó a la crítica por lo"tarantinesca".

Rigola
, hoy director del legendario Teatre Lliure, será una de las estrellas presentes en esta edición del Festival. Su obra: una adaptación de 2666, la novela póstuma de Roberto Bolaño, que dura cinco horas. Todo un reto para el público colombiano (todavía se habla del montaje de tres horas de La Orestiada que hizo el Teatro Libre a finales de los 90), pero un reto que vale la pena. El festival ha sido durante los últimos 20 años escenario de espectáculos que de otra manera no se verían en Colombia.


Por eso, la comitiva catalana y de Islas Baleares está conformada también por actores como Sergi López, el recordado capitán Vidal de El laberinto del fauno, y la cantante mallorquí Concha Buika, que hará una presentación de su disco El último trago. Además habrá espectáculos en gran formato, Exode, Sine Terra, del grupo Res de Res, y de circo, Nocturn, que se basa en el Réquiem de Antonio Tabuchi (de sus novelas, quizá la más surreal). Una delegación digna y un teatro que en palabras de Josep Bargalló, del Instituto Ramón Llull de Barcelona, "apuesta por la modernidad, la calidad y cuyo desarrollo de nuevos lenguajes fue muy rápido y sólido".



El Bicentenario. ¿Historia para qué?

Especial Bicentenario
Revista Metapolítica. México


En los años más recientes, 2010 se ha vuelto una estación temporal paradigmática en la política mexicana, pero también para la sociedad y la cultura de nuestro país. Para algunos sectores de la opinión pública, 2010 puede representar un año axial en la medida de sugerir la fuerte línea histórica de continuidad que nuestro país manifiesta: en 1810 fue la Independencia; en 1910 fue la Revolución; en 2010, puede ser un punto de quiebra igualmente radical… Para otros, a pesar de la compleja y crítica situación actual de nuestro país, 2010 es un año axial en otro sentido: recuperar la herencia que le dio vida a México como nación independiente para proyectar, en medio de la desgracia social y económica, un porvenir distinto. Tanto una como otra concepción no dejan de señalar, en mayor o menor medida -dependiendo la adscripción a una u otra orilla de ese océano de pasiones y desgracias-, un elemento de base que permea todo el horizonte nacional: nuestro país ha perdido las principales directrices de convivencia y coexistencia que edificó históricamente entre los distintos grupos sociales, entre los ciudadanos y en sus confrontaciones con el Estado y las instituciones públicas. Por consiguiente, 2010 debería ser pensado como un momento irrepetible de relectura y reescritura de nuestro pasado, si se logra tejer una narrativa histórica que señale claramente los fracasos, contradicciones y mitologías que en 200 años se han construido alrededor de las ideas de patria, Estado y nación. En particular, porque tanto 1810 como 1910, y ahora 2010, corroboran un hecho incuestionable desde el punto de vista de la nueva historiográfica mexicana que a partir de este año nacerá: es imposible en la actualidad enmarcar la definición de la nación y de sus problemas en una simple enumeración de criterios de unidad. Es decir, 2010 podría aproximarnos de una vez por todas a la confirmación del lugar histórico que México ocuparía a partir de 1810, pero también a comprender el lugar donde hoy estamos parados, qué hemos perdido y qué hemos ganado, para poder hablar como nación desde un nuevo lugar que se volverá común en la medida en que podamos reconocer las profundas diferencias que llevamos a cuestas, así como saber si todavía es vigente seguir hablando de un “nosotros” auténticamente mexicano. Por tal motivo, Metapolítica ofrece en esta entrega una serie de artículos que van dirigidos precisamente a discutir —hoy en 2010— las herencias y la memoria histórica de México, con particular atención a 1810 y 1910. De este modo, Juan Ortiz Escamilla abre la sección abordando la disyuntiva de festejar o conmemorar la Independencia que oficialmente inicia en 1810. Para el autor, ambas cosas son necesarias. Sin embargo, nos advierte: “Lo que sí debemos tener presente es que este tipo de situaciones emergen ante la desesperanza de los habitantes de resolver por la vía jurídica y/o pacífica conflictos que por cuestiones políticas y económicas comprometen y arrastran a todos por igual”. Por su parte, Erika Pani ensaya una aproximación, sugerente y original, acerca de algunos de los problemas centrales que produjo la Independencia de México respecto a las maneras bajo las cuales se pensaba y vivía la legitimidad y la organización del poder político, a partir de confrontar el caso de la Nueva España frente al proceso paradigmático de independencia de las 13 colonias británicas en Norteamérica. Después, Gabriel Torres Puga pone particular énfasis en la formación nacional de la opinión pública, como detonante de la lucha por la Independencia. En este sentido, sugiere que los libelos y los papeles manuscritos fueron los lugares naturales donde inició la producción de una opinión pública, relacionados inextricablemente a la oralidad y no a la palabra escrita, y donde puede observarse hoy la crisis de la autoridad del antiguo régimen. Sobre 1910 y la Revolución, Pedro Salmerón nos ofrece una radiografía de los modos particulares de formación de los ejércitos (“ciudadanos armados”) y de la posición privilegiada que ocuparían en el conflicto, a partir de la centralidad de sus liderazgos. Para terminar, Felipe Arturo Ávila Espinosa, nos propone desmitificar por lo menos 10 lugares recurrentes acerca del zapatismo. En particular, dice el autor, porque “El zapatismo es, sin duda, uno de los movimientos sociales y políticos fundamentales para entender no sólo la Revolución mexicana sino también la historia política del México posrevolucionario, particularmente la cuestión agraria y las relaciones del Estado corporativo surgido de la Revolución con el movimiento campesino”. Estas cinco miradas dan al dossier, coordinado por Ariel Rodríguez Kuri (El Colegio de México), una interesante perspectiva de reflexión que Metapolítica comparte con sus lectores en este inicio de conmemoraciones y ajustes históricos, centenarios y bicentenarios.


España,madre o madrastra

Especial Bicentenario

Para unos Madre, para otros madrastra. Juan Marchena Fernández, historiador, Salud Hernández periodista y Orlando Vaca arquitecto hablan de su relación con la Madre Patria.

España conquistadora, España madre, España que esclaviza. España que hoy es otra. Para algunos latinoamericanos, España es la madre patria. Es decir aquella nación que dio a luz una cultura nueva, que se valió del mestizaje, del comercio y sobre todo de uno de los legados fundamentales: el castellano.

La madre patria fue expulsada de la Nueva Granada tras la Guerra a Muerte que declarara Simón Bolívar, una vez Fernando VII ordenó que se llevara a cabo la reconquista con el envío de tropas y navíos al mando de Pablo Morillo, el Pacificador. Así se refirió Bolívar a España en su Carta de Jamaica:

“el destino de América se ha fijado irrevocablemente: el lazo que la unía a España está cortado: la opinión era toda su fuerza; por ella se estrechaban mutuamente las partes de aquella inmensa monarquía; lo que antes las enlazaba ya las divide; más grande es el odio que nos ha inspirado la Península que el mar que nos separa de ella; menos difícil es unir los dos continentes, que reconciliar los espíritus de ambos países. El hábito a la obediencia; un comercio de intereses, de luces, de religión; una recíproca benevolencia; una tierna solicitud por la cuna y la gloria de nuestros padres; en fin, todo lo que formaba nuestra esperanza nos venía de España. De aquí nacía un principio de adhesión que parecía eterno; no obstante que la inconducta de nuestros dominadores relajaba esta simpatía; o, por mejor decir, este apego forzado por el imperio de la dominación. Al presente sucede lo contrario; la muerte, el deshonor, cuanto es nocivo, nos amenaza y tememos: todo lo sufrimos de esa desnaturalizada madrastra. El velo se ha rasgado y hemos visto la luz y se nos quiere volver a las tinieblas: se han roto las cadenas; ya hemos sido libres, y nuestros enemigos pretenden de nuevo esclavizarnos. Por lo tanto, América combate con despecho; y rara vez la desesperación no ha arrastrado tras sí la victoria”.


Bandera de la Guerra a Muerte declarada por Simón Bolívar a la Madre Patria


Sin embargo este desprendimiento había representado un curioso dolor para muchos criollos que tenían el estatus de españoles nacidos en América; fue el caso, por ejemplo, de Camilo Torres y Tenorio, quien en su texto conocido como el Memorial de Agravios dio cuenta del fuerte vínculo con España; vínculo que debía ser fortalecido por un esquema de representación política que garantizara igualdad legal y de libertad de empresa y comercio para los criollos.

El desprendimiento de la Madre Patria fue, entonces, un proceso traumático; tanto más por que implicó un complejo forcejeo. Muchos criollos consideraron que sólo se requería autonomía, pero otros como Bolívar, buscaron la independencia absoluta.

Hoy en día, tras 200 años de independencia, España es concebida por algunos como aquella nación que insertó a América en el orden occidental; en ese sentido su legado fue fundamental. Para otros, sin embargo, la llegada de España al Nuevo Mundo representó el inicio de una dolorosa historia de colonización y dependencia. Sin embargo tras la salida de España, América empezó a construir su propio destino y desde entonces son otros los referentes políticos y sociales que afectaron y definieron nuestra condición.


Latinoamérica, ante sus bicentenarios

El Mundo. 16/12/2009.-

Me ilusionan las conmemoraciones de acontecimientos históricos; siempre son una oportunidad para realizar investigaciones y para ser invitado a diversas reuniones académicas. Sin embargo, no me fío de sus connotaciones o utilizaciones políticas. En todo caso, para el mundo hispano, la conmemoración de las guerras de independencia constituye una oportunidad irresistible. La tentación de celebrar las identidades supuestamente nacionales seduce las autoridades estatales, y los políticos tratan de apropiarse de la fama gigantesca de los caudillos independentistas. Es, desde luego, una ocasión de agitar las banderas y de ocultar la fragilidad de algunos edificios políticos condenados a su derribo.

Estas celebraciones comenzaron en España en 2008. Y el próximo año continuarán en 11 países de Latinoamérica. Los eventos para recordar un sinfín de proclamas, pronunciamientos militares, constituciones, campañas, batallas, tratados, triunfos y desastres, no se acabarán hasta 2021, cuando se cumplirá el segundo centenario del fin de la Monarquía española en la parte continental de América. Hasta 12 países, hasta 12 años de conmemoraciones: el mayor bicentenario del mundo. Y al cabo de todos los proyectos, coloquios, congresos, monumentos, fiestas, ferias, exposiciones, publicaciones, conciertos, películas, sitios web, y programas de televisión y radio, me temo que las consecuencias sean casi nulas.

Los centenarios suelen resultar fatales para las expectativas de quienes invierten grandes emociones y grandes recursos. Los hipernutridos presupuestos culturales estimulan la investigación, y ésta acaba con los falsos mitos y las leyendas. Los historiadores tratarán de explicar cómo ocurrieron de verdad los procesos independentistas: las atrocidades, los masacres, las guerras a muerte, los asesinatos, las crueldades, las insensateces, las pestes, las hambrunas, la destrucción de vidas decentes, prósperas y felices… En definitiva, los estudios científicos desvelarán las consecuencias funestas que también tuvieron los procesos de independencias en Latinoamérica.

En la época de la Ilustración, la Monarquía española gozó de un período relativamente largo de paz, prosperidad y progreso. Para la mayoría de sus colonias americanas, el siglo XVIII comenzó como una época dorada, perceptible hasta el día de hoy en los trazados urbanísticos y en las obras espléndidas de arquitectura e ingeniería civil de muchas de las ciudades del continente. El mero hecho de mantener una vasta Monarquía mundial constituyó un logro apabullante en un mundo hostil, máxime cuando se consiguió con relativamente escaso esfuerzo militar y con unos recursos tecnológicos bastante primitivos.

Con los sufrimientos prolongados y las pérdidas materiales ocasionadas por las guerras de independencia, ese orden y aquella grandeza se echaron a perder. Para el mundo hispano, el siglo XIX fue una época de estancamiento económico, conflicto social y profunda inestabilidad política. Los historiadores son cada vez más conscientes del impacto tremendo de las guerras que trastornaron vidas, entorpecieron economías, destrozaron infraestructuras, nutrieron enemistades y dejaron aplastados a los nuevos estados surgidos de las luchas.

Para las repúblicas hispanoamericanas, el examen detenido y sereno de su época de independencia será una experiencia decepcionante. Se darán cuenta de lo que se perdió con todos aquellos sacrificios. Hubiera sido inevitable que Madrid acabara concediendo cada vez más poder a las élites criollas. Y, tarde o temprano, la esclavitud tenía que desaparecer, porque las circunstancias económicas así lo exigían. Si los americanos hubiesen aguantado dentro de la Monarquía española mundial, lo más probable es que los principios de la Constitución de Cádiz –u otros semejantes- hubieran seguido vigentes o hubieran vuelto a prevalecer en todo el mundo hispano.

El ejemplo de Cuba –donde la industria azucarera desarrolló un nivel alto de industrialización en el siglo XIX y su red de ferrocarriles era una de las más avanzadas del mundo- parece indicar que las oportunidades de modernización económica no hubieran sido inferiores en una Hispanoamérica dentro del Imperio español. Políticamente, tal vez, Hispanoamérica no se hubiera hecho pedazos ni se hubieran erigido, económicamente, tantas tarifas hostiles y restrictivas. En lo demás, la independencia trajo pocos cambios auténticos. Los países supuestamente independientes pasaron a ser dependencias económicas de capitalistas europeos y norteamericanos. Y las antiguas colonias españolas pasaron a las nuevas manos colonialistas de sus propias élites. Los indígenas vieron como unos amos explotadores eran sustituidos por otros, igual de opresivos.

Y en España, es muy posible que su historia decimonónica hubiera sido mejor, prescindiendo de la sangre y fuego de nuestra propia guerra de independencia, invirtiendo más esfuerzo en mantener nuestros vínculos con las Españas de ultramar, y aceptando una nueva dinastía relativamente liberal y modernizadora, como hizo Suecia en la misma época.

La conmemoración de los bicentenarios acabará con las ortodoxias históricas de los libros de texto. Lo más probable es que hasta los grandes héroes de las independencias terminarán derrumbados. Recuerdo un antiguo chiste de Mingote, en el que se veía a una turba furibunda y desenfrenada, volcando –con gritos salvajes y pedradas- la estatua de un hombre de bigote exagerado, cuyo pedestal llevaba la digna inscripción: Al glorioso Pérez. Ensalzar a una multitud excesiva de héroes olvidables para luego hacerles caer es, desde luego; un vicio muy español. Los héroes suelen ser vulnerables, porque, mientras que la santidad es virtud universalmente reconocida, el heroísmo es cosa partidista. Todo héroe es un villano para los del bando opuesto. Los centenarios, por tanto, suelen ser duros con los héroes.

Basta con recordar lo que pasó con Cristóbal Colón en 1992. El antiguo héroe de la hispanidad terminó desacreditado y tachado de genocida. Por su parte, en 1988, los australianos se dieron cuenta de que el país que se había fundado dos siglos antes surgió del sufrimiento de los indígenas y de la opresión de los colonos. Y en 1997, el mundo se sintió repugnado ante la figura de un Vasco de Gama cruel y despótico.

El mismo Simón Bolívar está listo para ser derribado. Tuvo cualidades sumamente admirables, pero sus admiradores, empiezan a darse cuenta de sus tendencias sangrientas, despóticas, místicas e irracionales. No quiero quitarles a los caudillos independentistas su valentía ni sus victorias, pero la verdad es que la derrota de los ejércitos españoles no fue la consecuencia de su proeza militar, sino de las bajas catastróficas infligidas por la malaria, la fiebre amarilla y otras enfermedades. Los grandes vencederos no fueron los insurgentes, sino los insectos, y el gran libertador no fue Bolívar, sino el mosquito.

En años recientes, la sátira colombiana ha empezado a ironizar la figura de Bolívar, pero quien más ridiculiza al gran héroe es Hugo Chávez, con su absurdo bolivarianismo, un infundado intento de apropiarse de la herencia del Libertador, mientras rinde un culto exagerado a su memoria. Fuera de Venezuela, la fama de Bolívar podría hundirse, sencillamente por el rechazo a los excesos de Chávez.

Las llamadas guerras de independencia fueron una inmensa guerra civil. Luchaban españoles contra españoles, atlánticos contra transatlánticos, patriotas contra afrancesados, reaccionarios contra ilustrados, realistas contra republicanos, seculares contra clericalistas, federales contra provinciales, razas contra razas, y toda clase de particularismos, unas contra otros. En lugar de ser una ocasión para celebrar la unidad frente al enemigo común, la conmemoración podrá encender pasiones locales, regionales y secesionistas.

Ya vimos en España el año pasado que el hecho de que catalanes y vascos lucharan junto al resto de españoles contra los invasores del siglo XIX hoy no cuenta nada en la mentalidad egoísta de los micronacionalimos que nos afligen. Acabo de participar en unas jornadas conmemorativas de la independencia en Colombia, donde llamó la atención el choque de celos de representantes de distintos lugares, empeñados en proclamar la prioridad de las contribuciones particulares de sus antecesores. Efectivamente, durante las guerras para los de Cartagena era más importante conseguir ser independientes de Bogotá que de España. Los ciudadanos de Cali confían en celebrar su propia independencia unos días antes que los del resto del país para expresar así su rechazo a la supremacía de la capital.

Y en México, las autoridades de Yucatán y Chiapas muestran poco entusiasmo por unirse a las celebraciones centradas en el valle mexicano. Para Uruguay y Paraguay, la independencia que celebran es la que se produjo de Argentina y no de España. Por no hablar de que, a la hora de independizarse, Colombia, Venezuela, Panamá y Ecuador formaron en principio una sola república y, sin embargo, las enormes diferencias políticas que les separan en la actualidad no van a superarse. Que tampoco espere nadie que Nicaragua y Honduras sumerjan sus desacuerdos en un intento de reconstruir su antigua unidad.

Los bicentenarios, en conclusión, resultarán enormemente provechosos para nosotros, los académicos, y enormemente peligrosos para nuestros patrocinadores: los políticos.

Felipe Fernández-Armesto

"El Bicentenario desde una mirada interdisciplinaria. Legados, conflictos y desafíos"

Nutrida agenda para conmemorar el Bicentenario en la Universidad Nacional de Córdoba (Argentina)

Las actividades comenzarán en marzo de 2010. En un acto que estuvo presidido por la Rectora de la UNC, Dra. Carolina Scotto, la Comisión que organiza la conmemoración del Bicentenario presentó en diciembre una completa grilla de actividades que comenzarán en marzo de este año y culminarán los días 27, 28 y 29 de mayo de 2010 con el congreso "El Bicentenario desde una mirada interdisciplinaria. Legados, conflictos y desafíos".

Con un concurso de afiches sobre Bicentenario y la Universidad comenzará el calendario de actividades que organiza la UNC para conmemorar los doscientos años de la nación.

Otra de las actividades programadas es la creación de una galería virtual de fotos titulada “200 años, una imagen” que será integrada por fotografías que envíe la comunidad sobre la historia de la Universidad y su ciudad. Las fotos pueden comenzar a enviarse a fotogaleria@bicentenario.unc.edu.ar el 20 de diciembre y la recepción se prolongará hasta el 20 de junio.

El 10 de abril, en tanto, tendrá lugar un encuentro denominado “Los jóvenes, la música y el bicentenario” que consistirá en una muestra de producciones de bandas de jóvenes músicos en diferentes géneros.

Posteriormente, el 17 de abril de 2010 se realizará una gran maratón a la que se invita a participar a la ciudadanía en general.

Se está preparando asimismo una importante exposición de mapas antiguos relacionados con la conquista, la colonización y la conformación del territorio nacional que tendrá lugar en el Museo Histórico de la UNC, como así también ediciones especiales de la Editorial de la Casa de Trejo entre los que se incluyen “Estudio sobre la Revolución”, de Joaquín V. González, y un volumen con documentos de la época provenientes de la Imprenta de Niños Expósitos.

Las actividades también incluyen ciclos de conferencias en establecimientos penitenciarios, centros vecinales y centros de participación comunal; un foro virtual sobre el Bicentenario y los desafíos del país y la Universidad.

Desde las diferentes Facultades también se están sumando acciones, como un congreso de la Facultad de Lenguas en junio y las que organiza la Facultad de Ciencias Médicas consistentes en el Premio Bicentenario a la mejor experiencia de cátedra que contribuya a la calidad de la docencia; un premio correspondiente a la mejor investigación epidemiológica y un Subsidio Bicentenario para el mejor proyecto de investigación.

Más información en: Conmemoración del Bicentenario

Un ángel con maracas

CARLOS GALILEA
El País
Especial Bicentenario

Un ángel y una maraca no eran cosas nuevas en sí. Pero un ángel maraquero, esculpido en el tímpano de una iglesia, incendiada, era algo que no había visto en otras partes. Me preguntaba ya si el papel de estas tierras en la historia humana no sería el de hacer posibles, por primera vez, ciertas simbiosis de cultura". Lo escribió Alejo Carpentier en su novela Los pasos perdidos.

A los puertos del Nuevo Mundo arribaron barcos cargados de africanos esclavizados y blancos de toda condición. David Byrne apunta que las músicas generadas por la diáspora africana han sido las más poderosas e influyentes del siglo XX. Los esclavos fueron desembarcados en Veracruz, Cartagena de Indias, Portobelo o Valparaíso, iniciándose con su llegada un proceso de transculturación de siglos. Los más dotados para la música no tardarían en aprender a tocar valses, cuadrillas o polcas para sus amos, aportando un sentido muy acentuado del ritmo. Y libertos iban a ser muchos grandes músicos americanos. El poeta Augusto de Campos habló de "la capacidad de romper con la tradición, la natural inclinación por la improvisación y la experimentación, rasgos que -según John Cage- distinguen al músico americano del europeo o del asiático, más apegados a una tradición cultural".

En Buenos Aires, junto al puerto, en los conventillos del barrio de San Telmo, se acomodó el tango. Se fraguó en torno a la guitarra primero y, más tarde, a ese bandoneón traído de Alemania y considerado por el clero fuelle del diablo. El tango es prostibulario, decía Borges. Baile pecaminoso: expresión vertical de un pensamiento horizontal. También a finales del XIX, en la región oriental de Cuba, surgió el son. "Lo más sublime para el alma divertir", cantaba Ignacio Piñeiro. Llegó a las calles de Santiago desde el campo ya con la impronta hispanoafricana. Y de la mano del tres, el güiro y el bongó superó el rechazo de las clases dominantes. Conviene saber que en el oriente de Cuba vivían miles de colonos franceses huidos de Haití con muchos de sus esclavos y con sus contradanzas.

Escribe el antropólogo Fernando Ortiz: "Los cubanos hemos exportado con nuestra música más ensoñaciones y deleites que con el tabaco, más dulzuras y energías que con el azúcar". El primer bolero, alimentado por la habanera, el danzón o la romanza operística, sería Tristezas, que compuso allá por 1885 el mulato santiaguero Pepe Sánchez, sastre de profesión. El bolero, definido por César Pagano como "ese gran corruptor de mayores", se diseminó por el mundo de habla española. Y tuvo en México un centro neurálgico impulsado por figuras como Agustín Lara.

El proceso de modernización de las ciudades, y la posibilidad de una difusión masiva de la música, permitieron la fiebre del mambo y el chachachá. El poeta colombiano Darío Jaramillo Agudelo señala que, a partir de 1930, tangos, boleros y rancheras como Cambalache, Aquellos ojos verdes o En el último trago, propagados por los discos, la radio y el cine, modelaron la forma de sentir de generaciones de latinoamericanos.

Otro testimonio de sincretismo musical, compartido por los habitantes de Cali, Caracas, San Juan, Lima, Guayaquil o Miami, es la salsa. Expresión urbana, que agrupa músicas bailables antillanas, y en la que está siempre presente la clave, compás que se marca con el golpeo de dos palos cilíndricos de madera -tres golpes, pausa, dos golpes-. Creció en las esquinas del Barrio de Nueva York -afirma el periodista Enrique Romero que la esquina es a los latinos lo que el ágora fue para los griegos-. En 1964, el abogado judío Jerry Masucci y el músico dominicano Johnny Pacheco fundaron la discográfica Fania, que arrancó a lo pobre -ellos ofrecían los discos de tienda en tienda- y se convirtió pronto en paradigma salsero.

"El problema al intentar definir la cultura latina es que se pone un énfasis tremendo en la raza, como si los latinos fuesen una raza. Al hablar de latinoamericanos, se está hablando de una unidad cultural", opina Rubén Blades, autor de Pedro Navaja, esa canción que le hubiera gustado escribir a García Márquez, que aseguró que Cien años de soledad no era sino un vallenato de 400 páginas. En la misma costa atlántica de Colombia, y también simbiosis de tres culturas, se desarrolló la cumbia. Con La piragua o La pollera colorá franqueó las fronteras nacionales desde la década de los cincuenta y tomó forma renovada en México y Perú. Música híbrida adoptada por las villas miseria la de esa cumbia villera que se asentó, con sus letras descarnadas, en el Río de la Plata. Tan denostada por su procacidad o su violencia, como el exitoso reggaeton -cóctel tropical con dosis de merengue dominicano, plena y bomba boricuas, son cubano, reggae y hip hop-.

Quizá sea el rock latino el que mejor ha sabido acercar a los jóvenes. Un rock en español que, en sus casos más felices, se empapa de las señas de identidad de la cultura de cada país. Cuando, como escribe Diego A. Manrique, deja de ser simple traducción de los mitos anglosajones y asume el candombe, el son, la milonga o la ranchera como parte de su código genético.

El 1 de octubre de 1993 nacía la MTV Latina que vía satélite, y en palabras irónicas de los escritores chilenos Alberto Fuguet y Sergio Gómez, hizo realidad el sueño de Bolívar de una Latinoamérica unida. Un año después, Caetano Veloso reunió en Fina estampa canciones argentinas, paraguayas, peruanas, venezolanas... memoria de su adolescencia y mano tendida al imaginario común. La hermandad a la que cantó Mercedes Sosa. En 1967, el brasileño ya había grabado para su primer disco Soy loco por ti, América, de Gilberto Gil y Capinan: "Voy a traer una mujer playera / Que su nombre sea Martí / Tenga como colores la espuma blanca de Latinoamérica / Y el cielo como bandera". -

En Festival de Cartagena, España y Colombia celebran el Bicentenario

El festival cinematográfico cumple 50 años, y para celebrar el año del bicentenario de la independencia, tendrá a España como país invitado de honor.

España como país invitado de honor hará presencia con varias producciones y personalidades como Carlos Saura, director de más de treinta películas como Los Golfos (1959) Llanto por un Bandido (1963) y La Caza (1965), entre otras.

El festival cinematográfico más antiguo de América tendrá 14 películas en la competencia iberoamericana de largometrajes y como plato principal la filmografía de España, que trae más de una veintena de producciones. Se destaca la presencia del director catalán José Luis Guerín, uno de los documentalistas más consagrados de ese país.

"Buscamos que las 30 películas de la sección oficial -además de los largos están los cortos y documentales- le den una idea al espectador de lo que fue el cine iberoamericano del último año. Estamos muy tranquilos porque tenemos lo mejor del 2009", asegura el crítico colombiano Orlando Mora, quien junto con Mónica Wagenberg se encargó de la programación del festival, que se extenderá hasta el 5 de marzo.

Además de las competencias y exhibiciones del festival, en la edición 50 del Festival Internacional de Cine de Cartagena (FICCI) se mantienen otras actividades paralelas, como el Cine bajo las estrellas, que proyecta películas en los parques de la ciudad; el Quinto Encuentro de Productores, con 16 proyectos inscritos y unos 60 invitados, y el estreno de películas fuera de competencia, como la adaptación de la novela de Gabo Del amor y otros demonios, una coproducción entre Colombia y Costa Rica.

Dentro de la nutrida programación del FICCI hay actividades que despiertan gran interés entre expertos y aficionados como el Concurso de Videos para Nuevos Realizadores, el Concurso India Catalina de Videoarte, el Cuarto Taller de Crítica Cinematográfica y la Muestra de Cine Internacional, que permiten descubrir nuevos talentos, además de aprender y conocer más del fascinante mundo audiovisual.

Dentro de las novedades se destaca el Primer Encuentro Nacional de Festivales y muestras de Cine de Colombia en Cartagena, espacio que servirá para que los cinéfilos intercambien experiencia y conocimientos, al tiempo que discuten la posibilidad de agremiar los festivales de cine del país.

En 2010, el festival seguirá llegando a los barrios menos favorecidos de Cartagena, a varios municipios de Bolívar, así como a San Andrés y Providencia con su programa ‘Cine en los Barrios’, a través de actividades recreativas y culturales.

Bitácora de Simón Bolívar

Por William Ospina
Especial Bicentenario

“Para los latinoamericanos de hoy se diría que Bolívar es más un ícono que un pensamiento, más una estampa que una vida y más una figura que un destino. Por eso cuando empezamos a investigar sobre él, descubrir la abundancia de sus biografías resulta una verdadera revelación. Aproximarse al enigma de Bolívar es asomarse al misterio de nuestro continente y, a medida que avanzamos en el descubrimiento del personaje, nuevos ángulos se ofrecen a la visión.

Nuestros primeros diálogos sobre el Libertador empezaron a mostrarnos una serie de parejas míticas: Bolívar y su maestro Simón Rodríguez, la historia de una iniciación en el mundo de la Ilustración y del Romanticismo europeo; Bolívar y Miranda, los distintos caminos que se ofrecían al sueño de la Independencia; Bolívar y Napoleón, el aprendizaje de la estrategia militar, de la aventura política y de los sueños de gloria; Bolívar y sus generales, el esfuerzo por convencer a los propios americanos de la posibilidad real de dar libertad a estos pueblos y de construir naciones en ellos; Bolívar y Humboldt, la revelación de un mensaje de libertad y de modernidad en la naturaleza exuberante de América; Bolívar y Piar, la lucha por definir el contenido posible de nuestras naciones; Bolívar y Santander, la tensión entre las libertades del soñador y las estrecheces del hombre práctico; Bolívar y el conflicto entre el sueño continental y los nacionalismos; Bolívar y Manuela Sáenz, la pasión amorosa como alimento de la pasión libertadora; Bolívar y San Martín, la lucha por la unidad de mando en la guerra continental, como única manera de derrotar al imperio español; Bolívar y Sucre, la ilusión de darle continuidad a un sueño ya amenazado por la por la historia.

Otra de mis conversaciones con Omar Porras giró sobre el general desconocimiento de Bolívar por parte de las nuevas generaciones. Bolívar se ha convertido en una estatua, y yo creo, le dije, que es necesario devolverle su condición de ser viviente.”

http://escenasdelaindependencia.blogspot.com


Las aventuras de Icíar en la selva

ROCÍO GARCÍA 28/02/2010
El País
Especial Bicentenario


"¡Os van a quemar vivos! Llamarles de todo a estos españoles!". Icíar Bollaín ambienta en la selva boliviana una de las películas españolas más ambiciosas del año, con 70 localizaciones y 4.000 extras. Así fue el rodaje.

Juliano Mamani
es un indígena boliviano de 28 años. Lleva pintada la cara, se cubre con un taparrabos y su brillante y negro cabello lo adorna con un colorido tocado de plumas. Sus pies apenas están cubiertos por unas medio alpargatas. Es muy serio y está sudoroso. Acaba de terminar de rodar una escena en la selva que rodea la ciudad de Villa Tunari, en el centro de Bolivia, en plena zona del Chapare. Icíar Bollaín ha dado un descanso a los centenares de indígenas, todos con atavíos parecidos a Juliano, tras agotadoras horas y disciplinado trabajo bajo un calor sofocante.

Juliano y sus compañeros acaban de volcar un coche policial, ahí al lado, en una escena de acción trepidante. El coche todavía descansa con un lateral en el suelo e importantes desperfectos en su carrocería. Juliano está reviviendo de alguna manera la lucha real que, siendo ayudante de carpintero, protagonizó hace nueve años a los pies de la cordillera de los Andes en la conocida como guerra del agua. Él ahora es uno de los miles de extras que trabajan en
También la lluvia, la película que Icíar Bollaín ha rodado en Bolivia a finales del año pasado y que en estos momentos está en proceso de montaje en Madrid.

También la lluvia es una película dentro de otra película. Narra el rodaje de un filme de época en torno al mito de Cristóbal Colón, al que muchos pintan como un hombre obsesionado por el oro, cazador de esclavos y represor de indios. Todo en el año 2000, cuando la población de una de las naciones más pobres de Suramérica se levantó contra una poderosa empresa y recuperó un bien básico: el agua. A cubierto, buscando contra el calor un refugio inútil bajo un árbol, Juliano Mamani recuerda perfectamente las protestas de trabajadores y campesinos, las huelgas y manifestaciones que dejaron la ciudad de Cochabamba aislada durante días y días, después de que la compañía norteamericana Bechtel intentara subir de manera disparatada el precio del agua.

La dimensión de la protesta fue tal que Bechtel abandonó el mercado boliviano, el contrato del agua quedó cancelado y se instaló una nueva compañía bajo control público. Fue en esas protestas en las que participó Juliano donde se forjó el líder cocalero y actual presidente del país Evo Morales. "El agua es vida. Éramos unas 3.000 personas organizadas en grupos. Aquella lucha mereció la pena, pero todavía continúa. Hay todavía zonas de Bolivia en las que estamos abastecidos gracias a cisternas y tanques por la mala administración de las instituciones", dice Mamani, mientras comienzan otra vez las prisas del rodaje.

Juliano Mamani representa como nadie el espíritu de También la lluvia, el pasado y el presente, la ficción y la realidad de una potente historia de resistencia y compromiso. La lucha por el oro del siglo XVI es ahora, 500 años después, la lucha por el agua. El filme narra el viaje de Sebastián, un director de cine mexicano, y Costa, un productor español, a Cochabamba y alrededores para rodar una película de presupuesto modesto sobre Colón, uno de los grandes iconos mundiales. La película avanza con dificultades, mientras la violencia va creciendo día a día hasta que toda la ciudad explota en la tristemente famosa guerra del agua. El filme, una ambiciosa producción de más de cinco millones de euros de Juan Gordon, de Morena Films, está protagonizada por Luis Tosar (en el papel de Costa), Gael García Bernal (Sebastián), Carlos Aduviri (Daniel/Hatuey), Karra Elejalde (Colón), Carlos Santos (el fraile Bartolomé de las Casas), Raúl Arévalo (el fraile Juan Montesinos) y Najwa Nimri (la reina Isabel). Gordon y Tosar acaban de recibir los Goyas a mejor película y mejor actor protagonista por su trabajo en Celda 211.

También la lluvia, quinto largometraje de Bollaín (Madrid, 1967) y primero que no escribe ella, parte de un guión, espléndido, de Paul Laverty, guionista habitual del británico Ken Loach, además de compañero y padre de los tres hijos de la cineasta madrileña. La directora acaba de terminar de comer, como todo el equipo, en una gran carpa instalada en un valle en los lindes de la selva. Sentada a la sombra en una silla roja de plástico, con un pañuelito azul en la cabeza que le ha protegido toda la mañana del implacable sol, reconoce que ella nunca hubiera escrito este guión. Sólo la idea le divierte, y se ríe abiertamente. "Paul me ha hecho un regalo con este guión. Lo mejor que me ha podido pasar es que ha confiado en mí, ha querido que yo lo haga. Creo que nos hemos dado cuenta de que ha llegado un buen momento de trabajar juntos. Yo me encuentro tranquila en mi quehacer, y él, también en el suyo. Era el momento. Vamos a ver cómo nos sale esta colaboración. Más creativo que criar juntos hijos hay pocas cosas, pero hacer una película juntos también". A ella nunca se le hubiera ocurrido volcar un coche en un guión suyo y se lo está pasando bomba. "¡Qué buena aventura! Al principio tenía mucho respeto por el guión, luego lo fui haciendo mío y ahora tengo la sensación de estar a su servicio. Voy a intentar contar lo que cuenta el guión, rodar lo que está escrito, porque tiene mucha emoción. Lucho por no quedarme por debajo de lo escrito; si llego más lejos, mejor, pero nunca por debajo".

Después de historias intimistas y de personajes -Hola, ¿estás sola?, Flores de otro mundo, Te doy mis ojos o Matahari-, Bollaín se enfrenta a su más ambiciosa película. Todo tiene unas dimensiones enormes. Han sido meses y meses de trabajo y muchos preparativos. Tanto en el Chapare como más tarde en Cochabamba, donde se vivió la ficción de la guerra del agua en la que se cortaron las principales arterias de la ciudad, ha movido miles de extras, 4.000 en total, de ellos cerca de 300 indígenas, con un equipo boliviano y español de 130 personas, unas 70 localizaciones, casi todas ellas en exteriores, y unas condiciones climatológicas y sanitarias complicadas. Ella está más que feliz. Es muy raro que incluso en momentos difíciles pierda la paciencia y la sonrisa. "Sabía que esta película iba a ser muy dura físicamente. Me daba miedo ponerme enferma, no poder aguantar el tirón... Además, con tantos extras y tantos actores. Es todo lo que yo he hecho hasta ahora, pero multiplicado por cincuenta".

No cree, sin embargo, que rompa de manera radical con su anterior cinematografía. "No es una película intimista, pero sí creo que es de personajes, y en eso se parece mucho a las anteriores mías, pero más grande, con una parte de época y otra del presente en la que narra acontecimientos sociales que pasaron en Bolivia, pero al final es una historia en torno a dos personas, sobre todo de una, Costa, el productor, que hace un viaje personal de madurez , de compromiso personal".

Otra cosa es la acción. Ese día, el hermoso e impresionante paisaje consigue suavizar por unos momentos el calor sofocante. Una colina con trece cruces de madera clavadas en el suelo, con pequeños montículos de leña a sus pies preparados para el fuego, aparece espléndida a lo lejos. La actividad en el terreno, verde y brillante por las lluvias de días anteriores, es frenética. Uno no sabe adónde mirar. Si a la multitud de indígenas, medio desnudos, algunos a pleno sol, que esperan atentos cualquier señal, o a aquellos soldados y colonos que con pesadas armaduras y los penachos en los cascos se refugian en los escasos árboles de alrededor.

En plena selva del Chapare, a escasos kilómetros de Villa Tunari, siguen clavadas las trece cruces, pero ahora, a ellas se han encaramado trece indígenas que van a ser quemados vivos. A su alrededor, otro centenar, muchos de ellos hablando en quechua, son obligados por los soldados a acercarse. Mujeres, niños, todos para contemplar el ejemplar castigo a los crucificados. El cura Bartolomé intenta pararlo: "¡Os lo ruego! Esto volverá a los indios en nuestra contra durante generaciones". "Os van a quemar vivos, llamarles de todo a estos españoles", les arenga Bollaín. Un indígena en la cruz destaca por encima del resto, con media cara pintada de negro y pesados abalorios en el cuello. Es Daniel, el auténtico líder de la guerra del agua, que en sus ratos libres trabaja como extra interpretando a Hatuey, en este caso, el líder de los indígenas. "Os desprecio, desprecio a vuestro Dios y vuestra codicia", proclama Hatuey, mientras que un murmullo y una oleada de emoción recorre a los indígenas, a los que han obligado a contemplar el espectáculo: "¡Hatuey! ¡Hatuey! ¡Hatuey! ¡Hatuey!".

La escena prosigue, y cuando el director de este filme de ficción, Sebastián, grita ¡corten!, un grupo de ocho policías rodean a Daniel y, aún cubierto por el humo de las hogueras, se lo llevan a rastras hacia una furgoneta de la policía. Los indígenas contratados como extras se rebelan ahora como ciudadanos y se desata la furia. Se abalanzan sobre el coche y lo vuelcan, consiguiendo así liberar a Daniel, su líder del agua. Es ahora cuando Icíar Bollaín, la auténtica realizadora, corta de verdad la escena. Ha estado animando y explicando con todo detalle y en plan didáctico no sólo la escena que acaban de rodar, sino todo el sentido de la historia. "Lo que tiene esta película, más que acción, son muchas cosas que contar. Es todo un reto narrativo. Contar cosas complejas, diseccionadas plano a plano. Le pedí consejo a mi amigo José Luis Borau, mi abuelo cinematográfico, de cómo rodar todo esto, y me contestó que plano a plano. Y así lo hago, como los hindúes dicen que se come un elefante, bocado a bocado. Estoy descubriendo que se puede contar todo, la cuestión es diseccionar todo en planos e ir de uno en uno", explica Bollaín.

Ese día, en el comedor improvisado, junto al médico contratado para atender las enfermedades propias de la selva y los posibles contratiempos, almuerza también el líder indígena de la tribu de los yuracarés, Justino Orozco, cuya comunidad se encuentra a dos horas río arriba de Villa Tunari, imprescindible en la preparación del filme. Junto a él, el coronel Daza, comandante de la Novena División, en cuyos asentamientos duermen los extras indígenas de los yuracarés, y que mostró su deseo de participar en la película como extra de soldado español junto a muchos de su tropa.

La escena de las cruces la divisan desde un alto Gael García Bernal y Luis Tosar, que, a pesar de lo engorroso de la selva, los mosquitos y el sol abrasador, se muestran encantados. "Todo, hasta la incomodidad, sirve para la película", asegura Tosar, cuyo personaje, el productor Costa, es un hombre cínico y descreído al que su presencia en la guerra del agua le cambia radicalmente. El entusiasmo de Sebastián, el director del filme dentro del filme, le va como anillo al dedo a Gael García Bernal, que firma como loco autógrafos en el set. García Bernal, toda una estrella en Bolivia, resalta el sentido épico de También la lluvia, esa explotación brutal de los recursos, antes por el oro y ahora por el agua.

"Yo quiero ser actor para ser libre", asegura el actor mexicano, poco antes de saludar cariñoso a Carlos Aduviri, el intérprete indígena nacido hace 33 años en un pueblo minero en la cordillera de los Andes y que vive en El Alto. Todos quieren a Carlos Aduviri. Desde el primer momento en el que se presentó al casting, ese hombre pequeño y nervioso les dejó clavados. Cambiaron incluso el guión. "Es un tío al que no le compras, al que no le mueves", asegura de él la realizadora. Y él, que quiso renunciar al papel -"Les voy a decir que no", me decía en el viaje a Cochabamba, "pero no pude, me encandiló Icíar, a ella no la pude decir que no"-, ahora está orgulloso de participar en un proyecto en el que se denuncia la esclavitud y la salvaje colonización.

"Nos han robado el oro, el agua, el gas. Es nuestra tierra, nuestra agua, nuestro patrimonio", proclama Aduviri, que lleva vendado un pie por las heridas causadas de tanto andar descalzo por estos andurriales.

Resistencia y compromiso. Pasado y presente. El oro y el agua. La dignidad de un pueblo. Tras nueve años obsesionado por la historia, investigando, entrevistando a gente, viajando a Bolivia, los mismos que su hijo Lucas, al que ha traído para que esté con su madre unos días, Paul Laverty parece haber alcanzado el cielo con esta película que le ha permitido examinar muchas ideas, mezclando el siglo XVI y el XX. "El concepto de resistencia me fascina", explica Laverty con esa amabilidad tan especial que posee.

La misma resistencia, la misma lucha que se percibe en todos y cada uno de los miembros del equipo por enfrentarse a esta gran aventura en plena selva boliviana.

«La idea de que la libertad está por encima del color de la piel es hispana»

TULIO DEMICHELI
Para escribir este ensayo, considerado como uno de los mejores libros del año por el Times Litterary Suplement, Lucena Giraldo tuvo en cuenta cómo se conmemoraron en 1976 y 1989 los bicentenarios de la Revolución Americana y Francesa, dos grandes procesos históricos que «monopolizan la invención de la modernidad. Nosotros tenemos que aprovechar la coyuntura de este bicentenario no sólo para pensar el futuro, sino también para mostrar cómo el programa de la libertad moderna es una contribución esencial de Hispanoamérica»

Esto es algo que tiene que ver con dos elementos. «En primer lugar, una ampliación de la idea de ciudadanía, que aquí no viene de la Revolución Francesa, sino del barroco; así, en un desfile barroco participaban los indios, los mestizos, los mulatos y los blancos: se daba visibilidad política a todos los estamentos. Cuando se producen las revoluciones de independencia había una gran presencia étnica: la idea de que la libertad está por encima del color de la piel es hispana. Es decir, la constitución barroca favorecía esos equilibrios que mantenían unida a la sociedad. Y en segundo lugar, son procesos de crisis política que van del centro a la periferia, como ocurrió en la caída de la URSS».

Momentos estelares

Los momentos estelares fueron varios. «El primero, los sucesos acaecidos en Caracas en abril de 1810. «Llegan noticias de que Cádiz está a punto de caer en manos de los franceses. Se instalará una Junta que poco después proclamará a Venezuela independiente no de la madre patria ni del soberano -y esto es importantísimo-, sino de la Regencia, cuya legitimidad está en cuestión. El segundo se producirá en febrero de 1815 cuando un ejército compuesto por unos 14.000 veteranos de la guerra peninsular, el más gran enviado nunca, zarpará hacia Caracas. Cagigal se pregunta: «¿Para qué envían este ejército si América se ha pacificado?». También el trienio liberal fue un momento estelar. En marzo de 1820 Riego, cuyo ejército se disponía a partir hacia el Río de la Plata, se levanta en Andalucía y obliga a Fernando VII a volver a la senda constitucional. Por último, destacaré la batalla de Ayacucho, en diciembre de 1824, en la que se pone en evidencia el «realismo popular»: la inmensa mayoría del ejército realista estaba compuesto por soldados americanos».

Tres guerras distintas

En el proceso que lleva a las independencias hispanoamericanas, Lucena Giraldo distingue tres guerras distintas. «La primera se caracteriza por ser cívica y urbana, y va de 1810 a 1813. Una ciudad se proclama realista -por ejemplo: Santa Fe (Colombia)- y otra patriótica -como Cartagena de Indias-.

A partir del decreto de guerra a muerte de Simón Bolívar (1813) estas guerras cívicas se convierten en guerras civiles, produciéndose una individualización de las actitudes políticas. Por último, con la entrada de los militares, fenómeno que conducirá al caudillismo iberoamericano, aparece la guerra patriótica. Hasta ahora, la política no había sido cosa de los militares. La guerra patriótica impone que el Estado se identifique con el Ejército. Y así, luego sus estados mayores serán el embrión de los estados independientes», concluye Lucena.

Para terminar, resulta imposible no preguntarle sobre la identificación entre Hugo Chávez y Bolívar, que al autor le parece muy contradictoria: «En la mitología popular venezolana Bolívar es como Jesús, mientras que José Tomás Boves, que era un blanco pobre que había emigrado de Oviedo, es el diablo. Era un llanero, líder de los realistas, que también estaba en contra de los blancos y que quería imponer un nuevo orden en El Llano que se desvinculaba de la Justicia Real. Chávez tiene mucho que ver con él, aunque proclame el evangelio bolivariano: por su uso del lenguaje, por su extracción social y por ser llanero. Boves acaudilla una masa de desheredados que no obedece a nadie. Cuando muere y su éjército se integra en masa con los patriotas, Bolívar puede ganar la guerra, porque además ha entendido que la República tiene que ser de blancos, mestizos, mulatos y esclavos».


Los mejores doscientos años

A punto de cumplirse doscientos años del inicio del proceso que culminaría con la liquidación del imperio español en América, la Revista de Occidente dedica su número de octubre de 2009 al análisis de las revoluciones de independencia que el continente vivió a partir de 1810, los factores que las desencadenaron y los regímenes políticos que de ellas surgieron, así como los cambios en la relación con la antigua metrópolis que pone de manifiesto la historia de este tipo de conmemoraciones. Coordinado por Manuel Lucena Giraldo, el monográfico cuenta con colaboraciones de Gabriel Paquette, Iván Jaksic y Eduardo Posada Carbó, Salvador Bernabéu Albert y el propio Lucena Giraldo. Como complemento, José Antonio Ory ofrece algunas enjundiosas reflexiones sobre el papel que la América hispana desempeña en el imaginario de los españoles, y viceversa, alertando sobre las visiones distorsionadas y malentendidos que se dan por ambas partes.

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Europa sola no es Occidente, pero tampoco lo es América. Ambos continentes se sitúan en los extremos del mundo atlántico y juntos, no separados, han conformado la historia occidental, la única capaz hasta ahora de producir sociedades abiertas y de alumbrar una moderna experiencia de libertad. Semejante hallazgo ha sido objeto de una explicable patrimonialización por parte de diferentes nacionalismos europeos y americanos, pero lo que resalta en nuestros días es la globalización de elementos vinculados a ella, como los derechos humanos, la democracia o la libre empresa. No es una casualidad que los tiranos que niegan estas conquistas a sus gobernados en el llamado «Tercer Mundo» sean con frecuencia también antioccidentales, o acudan al «tiempo colonial» cuando buscan un chivo expiatorio para justificar su despotismo, pillaje y corrupción.

El reconocimiento de la moderna libertad como un hallazgo occidental transformado en global no puede esconder que surgió de un espacio y un tiempo concretos. Fueron sociedades, grupos e individuos con nombres y apellidos quienes decidieron explorar por distintos motivos nuevas formas de organización de la convivencia, elaboraron constituciones para fundar comunidades políticas y libraron guerras terribles para defenderlas. Entre el levantamiento de los colonos de los futuros Estados Unidos en 1776 contra el despotismo de un rey británico que quería cobrarles impuestos sin consultarles y la derrota realista en Ayacucho en 1825 que termina con el imperio español en la América continental, las revoluciones atlánticas, sucedidas de manera
simultánea y consecutiva, crearon una civilización distinta, cuya expresión política primordial han sido las naciones de ciudadanos.

La posibilidad de realizar un análisis comparativo y global de la experiencia revolucionaria unida a las independencias americanas es llamativamente reciente. Cuando se celebró en 1976 el bicentenario de la fundación de Estados Unidos el enfrentamiento con la Unión Soviética aún determinaba la conciencia del presente y del pasado, de modo que la tradición del excepcionalismo virtuoso, a diferencia de lo que ha ocurrido en el último decenio, se hizo omnipresente. En la segunda gran revolución atlántica, la francesa, cuyo bicentenario miterrandista se conmemoró en 1989, el revisionismo operó contra los grandes mitos del aún poderoso estalinismo historiográfico, pero no fue más allá. En 2004 los dos siglos de la fundación de Haití, primera república negra del mundo, produjeron investigaciones brillantes, pero la burbuja del aislacionismo tejido hace dos siglos alrededor de ella pareció condenar su recuerdo, valga la expresión, al olvido.

Ahora es el turno para el tercer gran ciclo de las revoluciones atlánticas, en el cual los territorios de la América española y la América portuguesa lograron su independencia. Para entender e interpretar lo que supuso aquella coyuntura, sin duda el papel de la Historia resulta relevante. De la Historia con mayúsculas, no de la confusa por inexistente «memoria histórica», o de la «memoria» a secas tan usada por algunos dirigentes, que determinan una visión ahistórica o antihistórica del pasado, selectiva, sesgada y simplificadora. Un personaje tan poco simpático como el presidente estadounidense Teodoro Roosevelt lo señaló en un discurso con total claridad: «La historia no representa la verdad si en su presentación intervienen elementos exclusivamente emocionales. Exige investigación exhaustiva, paciente, laboriosa, agotadora. El historiador debe poseer una visión limpia y clara y estar basado en un completo conocimiento de los hechos y de su interrelación». La investigación historiográfica de las últimas décadas en torno a las emancipaciones americanas ha sido brillante y permite recuperar algo de la complejidad de los acontecimientos de hace dos siglos. Como mínimo, constituye una formidable vacuna contra algunas simplificaciones actuales, también antesala de futuros totalitarismos. Los ensayos que se presentan se ocupan de las visiones de la ruptura del imperio español, la razón y las emociones en el proceso emancipador, el destacado papel del liberalismo y la celebración de centenarios. Tras su lectura sólo cabe esperar, ante la magnitud de lo acontecido, que los siguientes 200 años sean todavía mejores.

Manuel Lucena Giraldo

Un triunfo de la especie

Por Alejandro Lloreda
Revista Arcadia
(Colombia)
Especial Bicentenario


En la historia venezolana, Francisco de Miranda tiene el título de “Precursor”. Lo que no está claro es de qué fue precursor. Miranda fue, como escribió VS Naipaul, el primer suramericano culto que Europa conoció.

Hombre de la ilustración –coleccionaba libros y tocaba la flauta traversa–, fue amigo de Gibbon, Goethe y Jefferson, entre otros. Sus relatos de viaje comienzan un género literario que prosperaría en el siglo XIX: las memorias del viajero latinoamericano en busca de la civilización y el progreso, dos conceptos tan pasados de moda como el mismo relato de viajes. También fue el primer latin lover. En sus diarios relata, con lujo de detalles, lo que él llamaba ‘chapar’ en los palacios y burdeles de Europa –aunque no aclara si ‘chapó’ con Catalina la Grande–. Malcolm Deas, el historiador de Oxford, sugiere, con algo de malicia, que quizás también fue el primer lagarto: Miranda vivió a cuerpo de rey toda su vida y jamás pagó una cuenta. Está menos claro, y este libro no ayuda a aclarar, precisamente cómo contribuyó a la independencia. Sin duda alguna, la vida de Miranda –intelectual, militar, viajero, mujeriego, conspirador– amerita una nueva biografía, y Fermín Goñi cuenta su historia de una manera ejemplar.


Hijo de un comerciante canario, Miranda salió de Caracas en 1771, y compró, como era común en la época, el rango de capitán en el ejército español. Luchó contra los moros en Marruecos y luego contra los ingleses en la Florida. Injustamente acusado de contrabandista y espía inglés, el entonces teniente coronel Miranda desertó, y viajó a Filadelfia en 1783 para ver de primera mano la naciente república americana. Después de varios años de viaje por Europa, llegó al París revolucionario y por una serie de malentendidos –los girondinos pensaban que había sido un general en la revolución norteamericana– terminó comandando un ejército francés en Holanda.

Por otra serie de malentendidos fue acusado de traidor por los jacobinos, y se escapó por un pelo –y una amante influyente– de la guillotina. Volvió a Londres para retomar el lobby por la independencia de las colonias españolas que él bautizó “Colombeia”, donde conoció en 1810, al joven Simón Bolívar, entonces emisario de la Junta de Caracas. Esta reunión desencadenó la última etapa de su vida: Miranda volvió a Caracas y fue encargado de su defensa. Después de que el ejército patriota capitulara en julio de 1812, Miranda fue arrestado por el mismo Bolívar, y entregado al ejército español. Murió en prisión en Cádiz cuatro años después.
A pesar de sufrir la debilidad propia de las biografías noveladas –esto es, un diálogo que alterna entre un tono heroico y un cotidiano postizo–, esta obra supera otros ejemplos recientes como El mariscal que vivió de prisa, de Mauricio Vargas, y la grotescamente titulada El demente exquisito: la estrafalaria vida de Tomás Cipriano de Mosquera, de Víctor Paz Otero. Sin embargo, con la excepción de la reciente biografía de Bolívar del profesor inglés John Lynch –y no es una casualidad que sea extranjero– no hay muchas biografías académicas de la época en el mercado. ¿Por qué? Quizás como reacción a lo que los mexicanos llaman la ‘historia de bronce’ (por los bustos en bronce), y acá llamaríamos historia patria –o patriotera–, los historiadores profesionales en Colombia evitan el género de la biografía. Pero lo que comenzó como un cambio de énfasis sano y necesario de héroes y próceres a historia social y cultural terminó por cederles la biografía a los novelistas. Aunque hay buenas biografías en el mercado –como esta– resulta sorprendente, y algo decepcionante, que en el año del bicentenario los historiadores colombianos no hayan comenzado a revaluar el papel de los próceres en la independencia.