Investigamos y promovemos el acercamiento entre las culturas catalana y americanas, dándolas a conocer al público en general.

Qué tiempos aquellos, don Susanito

Especial Bicentenario
El País (España)
Salvador Camarena


En la historia oficial de México, la que mañana a mañana le machacan a los niños, había, entre otros, dos grandes verdugos: Hernán Cortés y Porfirio Díaz. El primero, el conquistador. El segundo, el dictador que de 1876 a 1911, con mano de hierro y otros malos modos, gobernó México. A Díaz se le reconoce que creó prosperidad, pero a cambio, y militar de formación como era, suprimió derechos y reprimió cualquier descontento, costara la sangre que costara.

El destino mexicano quiso que a Díaz le tocara conmemorar el centenario de la lucha libertaria contra España. El entonces anciano general no sabía que al inaugurar, el 16 de septiembre de 1910, el Ángel de la Independencia, que hoy es el monumento icono de la capital mexicana, su propio reino estaba a poco más de dos meses de comenzar a derrumbarse.

Este 2010, al festejar el Bicentenario de la Independencia, los mexicanos también recordarán el centenario de la Revolución Mexicana, que comenzó con un fraude electoral de Díaz a Francisco I. Madero, quien a su vez llamó a rebelarse el 20 de noviembre de 1910.

Díaz partió al exilio en mayo de 1911, fue a Francia, donde moriría en 1915. Durante décadas, se ha discutido la figura de Díaz. Distintas polémicas se han suscitado incluso ante propuestas como tramitar el retorno de los restos del general a México.

La paradoja de la historia podría esconderse en que ante lo mal que han resultado muchos de los proyectos de infraestructura que se planificaron por el Gobierno de México para la conmemoración de la gesta de independencia (el principal de ellos costará el doble de lo previsto y estará listo al menos un año después de la fecha del festejo, o sea a finales de 2011), surge en el aire una novedosa sensación qué podría resumirse en un "qué bien lo hizo don Porfirio". Hay incluso libros que recuerdan el fausto del festejo y las mil 419 obras realizadas para la ocasión por el octogenario militar.

Quizá no sea malo del todo que de una vez por todas este país discuta sobre sus figuras históricas, Díaz incluido, pero de cualquier manera será extraño cambiarle el tono a la frase, "¡Qué tiempos aquellos, don Susanito!", que surgida de una popular película de mediados del siglo XX ridiculizaba la añoranza de la aristocracia derrotada por los revolucionarios. Ahora la frase podría resultar de admiración a secas.


El Bicentenario más triste de América

Especial Bicentenario
El País (España)
Pablo Ordaz


La extrema violencia del narcotráfico y la debilidad institucional que azotan México empañan los festejos de los 200 años de la independencia.

México celebra hoy el Bicentenario de su Independencia haciéndose una pregunta: ¿hay algo que celebrar? Doscientos años después de que, en el pueblo de Dolores, el cura Hidalgo lanzara su grito de rebelión contra el mal gobierno, este país de 108 millones de habitantes -de los que el 49% sigue sumido en la pobreza- se dispone a vivir una celebración marcada por la violencia extrema de los carteles de la droga. Tan es así que las autoridades de las plazas más peligrosas han suspendido los festejos y pedido a la población que celebre en familia y ante el televisor, por temor a que -como sucediera hace dos años en Morelia- el crimen organizado se ampare en la multitud para hacer de las suyas. Si a ello se le suma la crisis económica, la desigualdad endémica y una generación de políticos más ocupada en sus guerras intestinas que en consensuar de una vez un modelo de país, el panorama no es muy halagador. Como explica el historiador Enrique Krauze, México afronta el Bicentenario sumido en una "depresión crónica".

Basta darse una vuelta por los periódicos del día para constatar que no faltan motivos para tal depresión. No se tienen noticias del jefe Diego, uno de los políticos más influyentes del país y al que una banda de secuestradores se llevó hace ya cuatro meses ante el silencio y la indiferencia general. Tampoco se sabe nada de los asesinos del candidato a gobernador de Tamaulipas, el Estado norteño que ya es símbolo del horror y el desgobierno. Las preguntas sin respuesta se agolpan en las mesas de una policía corrupta y de unos jueces incompetentes que, según las últimas cifras, solo son capaces de resolver el 5% de los delitos cometidos. ¿Por qué mataron a los 72 migrantes centroamericanos? ¿Dónde está el casi centenar de reclusos que se escapó del penal utilizando simplemente una escalera? Las fotografías de decapitados ya no sorprenden a nadie ni tampoco, por desgracia, que los militares yerren el tiro otra vez más y maten a una familia a la que confundieron con un grupo de sicarios...

Este rosario diario de noticias llevó hace unos días a la secretaria de Estado norteamericana, Hillary Clinton, a comparar México con la Colombia de hace 20 años, desatando el malestar del Gobierno de Felipe Calderón. Su nuevo portavoz para asuntos de Seguridad, Alejandro Poiré, le contestó: "No estamos de acuerdo con lo que dice la señora Clinton, pero sí tiene razón en una cosa: la situación de Colombia y la de México están provocadas por la enorme demanda de droga de EE UU". La ingeniosa respuesta refleja el hartazgo del Gobierno mexicano ante las recurrentes acusaciones de Estado fallido procedentes de los vecinos del Norte. Calderón y su equipo, auxiliados convenientemente por sus intelectuales de cabecera, adjudican a la prensa -y sobre todo a la extranjera- la responsabilidad de la mala imagen del país. El argumento viene a ser este: "Solo resaltan lo malo de México. Hablan de los Estados donde reina la violencia, pero no de los que viven en paz. Hablan de los 40 millones de pobres, pero no de los 60 que no lo son...".

Y, hasta cierto punto, tienen razón. México, a pesar de todo, sigue siendo un país vibrante, de gente amable y emprendedora, donde las empresas privadas funcionan y sus muchas y muy brillantes Universidades siguen manteniendo encendida la luz de la esperanza. Sus ciudadanos -aunque cada vez más sumidos en la depresión a la que se refiere Enrique Krauze- nacieron sabiendo que poco pueden esperar de su clase política y, generación tras generación, renuevan tal convencimiento. Aun así, y cuando llega el caso, demuestran su civismo a prueba de terremotos (1985) o de epidemias de gripe (2009). Por eso, tal vez la pregunta que circula estos días por los medios y la calle -¿hay algo que celebrar?- no tenga a fin de cuentas demasiado sentido. Lo explica Covadonga Meseguer, profesora del CIDE (Centro de Investigación y Docencia Económicas): "La pregunta no es la correcta, como tampoco lo es la respuesta implícita de que no es legítimo hacerlo con muertos a diario. La pregunta correcta sería: ¿por qué no celebrarlo? O... ¿qué se ganaría con no celebrarlo? Tendríamos que ver incluso si la no celebración no sería una concesión a quienes están alterando la vida del país. Creo que hay un momento para la celebración y otro para la reflexión sobre lo que está pasando...".

Así pues, México -como cada mediados de septiembre- se ha llenado de banderas tricolores y de gente que, como tan bien explicó Octavio Paz en El laberinto de la soledad, utiliza la fiesta para evadirse de una realidad casi siempre mejorable. Tal vez la mejor contestación a la duda sobre si celebrar o no el Bicentenario se acerque a la que, hace unos días, un taxista de la Ciudad de México le ofreció a este corresponsal cuando le preguntó si al día siguiente abrirían los bancos. Haciendo uso de una habilidad muy mexicana para decir una cosa y su contraria, respondió: "Pues yo creo que sí, pero probablemente no".


Bicentenario México 2010




La guerra de Independencia, 1810-1821

Todo comenzó con un grito, el de Miguel Hidalgo y Costilla, convocando a la población de la Nueva España a luchar por su libertad. Pero en la historia, todo tiene una razón de ser. Varios sucesos en Europa y América anteceden al llamado del cura Hidalgo.

Vientos de libertad recorren el mundo. La guerra de independencia de Estados Unidos para liberarse de Inglaterra y la Revolución francesa para suprimir la tiranía del rey reafirman el derecho de los hombres a luchar por la igualdad, la libertad y la posibilidad de elegir a sus gobernantes.

En 1808, Napoleón Bonaparte invade España y toma presos a Carlos IV y al rey Fernando VII, lo que desata una rebelión contra los franceses y la inestabilidad en las colonias españolas.

En ese momento, la Nueva España es el territorio más próspero del Imperio español, sin embargo, su riqueza beneficia más a la corona española que al virreinato, lo cual es causa de inconformidad entre sus habitantes.

Algunos grupos organizan en secreto el movimiento independentista. Una de esas conspiraciones detona la guerra. Las reuniones en Querétaro en las que participan Miguel Hidalgo, Ignacio Allende, Juan Aldama y Josefa Ortiz de Domínguez son descubiertas.

Desde la iglesia del pueblo de Dolores, Hidalgo llama a la población a derrocar al gobierno de la Nueva España.

Con un estandarte de la Virgen de Guadalupe como bandera, los insurgentes logran sus primeras victorias sobre las fuerzas leales al Rey, que son derrotadas en la sangrienta toma de la Alhóndiga de Granaditas en Guanajuato.

El avance de los insurgentes sobre la Ciudad de México es incontenible, pero después de la Batalla del Monte de las Cruces, en las cercanías de la capital, a pesar de haber vencido, Hidalgo decide retirarse.

Los insurgentes se instalan en Guadalajara. Desde allí, tratan de organizar un gobierno, fundan el periódico El Despertador Americano y se decreta la abolición de la esclavitud. Pero las fuerzas realistas al mando de Félix María Calleja les pisan los talones. Ambos ejércitos se enfrentan en las cercanías de Guadalajara, en Puente de Calderón, donde la insurgencia sufre la peor de sus derrotas.

En huida hacia el norte, Hidalgo, Allende, Mariano Jiménez y Juan Aldama son emboscados y aprehendidos en Acatita de Baján, Coahuila. Más tarde, son juzgados y fusilados en Chihuahua.

Tras la muerte de Hidalgo, otro cura toma el mando: José María Morelos y Pavón. El momento cumbre de su carrera militar es el rompimiento del Sitio de Cuautla, donde con 3000 insurgentes, lo habían mantenido sitiado 7000 soldados de Calleja durante 72 días.

Además de su genio militar, Morelos es un visionario que busca dar una organización política al país que está naciendo. A propuesta suya, se realiza el Congreso de Anáhuac, ante el cual da lectura a los Sentimientos de la Nación.

En Apatzingán, el Congreso promulga la primera Constitución Política Mexicana; en ella se establece el orden político y la división de poderes: Legislativo, Ejecutivo y Judicial. Pero poco tiempo después llegan las derrotas. En 1815 Morelos es apresado, juzgado y fusilado.

Hacia 1817, el movimiento de independencia casi se extingue, cuando lo renueva la presencia de un español liberal: Xavier Mina, que llegó a México al mando de 300 hombres a luchar por la causa insurgente. Después de una audaz campaña, es atrapado y fusilado por la espalda, acusado de traicionar a su patria.

En 1820, un suceso cambia el curso de la historia. El rey español Fernando VII acepta la aplicación de una constitución liberal, lo cual significa el fin de muchos privilegios políticos, económicos y sociales para los españoles que viven en sus colonias.

Esto acelera el proceso de independencia en México: criollos, españoles, mestizos, indígenas y las demás castas luchan por ella, aunque por diversas razones.

Vicente Guerrero, el insurgente más reconocido, y Agustín de Iturbide, un criollo al mando del ejército realista, concluyen la guerra con un pacto de unión que sellan con el abrazo de Acatempan. Se proclama la independencia de México mediante el Plan de Iguala o de las Tres Garantías.

Tras 11 años de lucha y tres siglos de dominación española, México surge entonces como una nación independiente.

Bicentenario, más vergüenza que orgullo

Especial Bicentenario
Avelina Lesper

El Semanario (México)


Las fiestas son para demostrar, en muchos casos, el poder adquisitivo del organizador. Por eso en una celebración importante se hace abstracción de las posibilidades económicas reales y se gasta sin freno “porque es por una sola ocasión”. En estas celebraciones del Bicentenario estamos presenciando un gasto escandaloso, con la única justificación de que no podíamos dejar pasar la fecha sin celebrar. Apenas unos meses después de que se anunció que venía una época de austeridad llega la fiesta. Este dinero se está dilapidando en campañas publicitarias, en miles de spots, programas de radio, libros que se envían a domicilio, mal escritos y peor editados, como el que Editorial Clio le vendió al gobierno y en el que incluyen a una sola mujer en toda su narración revisionista de los hechos.

Lo que es sorprendente es que este gasto, incluyendo el desfile y la exposición en Palacio Nacional, se va a evaporar. De esto nada va a quedar como acervo. No comisionaron obras a artistas, como se hizo en la celebración que estuvo a cargo del gobierno de Porfirio Díaz. El monumento conmemorativo, que además no va a estar listo para la ocasión y que no tiene fecha segura para ser terminado, es la única obra que va a permanecer, y eso con sus muy cuestionables características. La total discrecionalidad en la que se está empleando un presupuesto del que desconocemos su monto total provoca a cuestionar ¿Qué celebramos en medio de esta crisis? ¿Qué celebramos si de esto nada va a trascender? ¿Tiene sentido gastar de esta forma?

Este descomunal acto de precampaña está despilfarrando dinero que podría haberse usado en comisionar obras de arte público, que si quedarán como un testimonio que pudiéramos compartir. La galería de Palacio Nacional no crea acervo, no es de arte, y representó un gasto exagerado en antigüedades de dudosa originalidad. Si el fin era gastar, demostrar que para celebrar y tirar el dinero como México no hay dos, por lo menos podrían haber pensado en obras que permanecieran.

En medio de un sangriento presente, con una lucha interna contra el narcotráfico que no ve resolución ni estrategia, este gasto discrecional más que motivar a sentirnos orgullosos de ser mexicanos nos hunde en una profunda vergüenza. Sumamos la evasión de estas fiestas a la poca inclusión de sus intenciones, ¿dónde están las comunidades indígenas en este pastelazo? No fueron requeridas, esta fiesta se reserva el derecho de admisión.

Por lo demás, a contratar empresas extranjeras para la organización, jingles de comida basura para la canción oficial y un monumento construido por empresas que desprecian los materiales nacionales para celebrar que, por fatalidad, somos mexicanos. Era una oportunidad para impulsar creaciones artísticas, desde conciertos musicales, óperas, ballets, esculturas, murales, y todo dentro de nuestras instituciones y escuelas. En lugar de eso trajeron empresas que hacen eventos privados y congresos pagándoles millones de dólares por un desfile de carros alegóricos. Esta celebración es en realidad, una campaña de proselitismo para convencernos de que a pesar de lo mal que vamos, podemos cantar shalala. Dejando de lado verdaderas urgencias y necesidades.

Una lección en el bicentenario de la independencia

Especial Bicentenario
Olga Merino

El Periódico

Viernes 22 de julio de 2010

A sistí el lunes al estreno, en el Grec, de
Bolívar: fragmentos de un sueño, de los colombianos William Ospina (texto) y Omar Porras (adaptación y puesta en escena), una chispeante reflexión sobre la figura del Libertador en este año en que varios países de América Latina celebran el 200º aniversario de la independencia. En la madrugada tropical, bajando la falda de Montjuïc hacia el Paral.lel, reparé en el escaso interés que la efeméride despierta a este lado del charco y en lo mal que nos explicaron cómo las naciones del Nuevo Mundo se liberaron del cepo mordiente de una madrastra llamada España. Los manuales del bachillerato despachaban el asunto de un plumazo Simón Bolívar por el norte, San Martín por el sur–, y en lugar de utilizar la palabra independencia empleaban emancipación, que adolece de cierto sesgo paternalista.

Hoy el Libertador es una estatua hueca, cagada de palomas, en cada pueblo del continente, al tiempo que la herencia de su pensamiento resulta falseada, como si hubiera sido un loco iluminado, por caudillos que descuellan en el arte de la demagogia. Lo que son las cosas: el venezolano Hugo Chávez recibe mañana en Caracas los despojos de Manuelita Sáenz, la amante del general, para enterrarlos con pompa y circunstancia en la misma tumba que el prócer latinoamericano.

Bolívar, pensador y hombre de acción, murió de tuberculosis a los 47 años, en la pobreza absoluta y con una terrible sensación de fracaso, de haber dedicado su vida a arar el mar. Quizá ese es el destino de los hombres que se adelantan a su tiempo. De haber nacido en París o en Burdeos, puede que sus escritos políticos compartiesen anaquel con las obras de los enciclopedistas. Hacia el final de Carta de Jamaica, escrita en 1815 en el exilio caribeño, dice: «Cuando los sucesos no están asegurados, cuando el Estado es débil y cuando las empresas son remotas, todos los hombres vacilan, las opiniones se dividen, las pasiones las agitan y los enemigos las animan para triunfar por este fácil medio». Qué texto tan actual y certero en estos tiempos.

El bicentenario y la tradición republicana

Especial Bicentenario
Hora 25 global
Rafael Rojas. Historiador y escritor


América Latina llega a dos siglos de su independencia cuando se cumplen 20 años de la caída del Muro de Berlín y del reacomodo de la región a los patrones geopolíticos de la postguerra fría. El bicentenario coincide, además, con el agotamiento de las políticas económicas y sociales, asociadas a la ortodoxia "neoliberal" de los 90, y con el afianzamiento de procesos democráticos que han permitido el acceso al gobierno de importantes partidos, líderes y movimientos de una izquierda postcomunista. Para completar el nuevo escenario, en Estados Unidos se inicia una presidencia decidida a abandonar los últimos vestigios macarthystas de su diplomacia regional.


Es inevitable pensar el bicentenario desde el presente latinoamericano, pero también puede ser engañoso subordinar nuestra percepción de la independencia a la coyuntura actual. Mientras más respetemos la especificidad de aquel proceso político de hace 200 años mayores enseñanzas derivaremos del mismo y mayores similitudes le encontraremos con la América Latina del naciente siglo XXI. Hay más de una semejanza entre una región donde no existían naciones ni Estados, liberalismos ni conservadurismos, nacionalismos ni socialismos, y una región que parece de vuelta de las ideologías predominantes de los dos últimos siglos.


Para los fundadores de las primeras repúblicas hispanoamericanas el gran dilema era construir ciudadanías -que, a partir de la dotación de los mismos derechos civiles y políticos, ellos imaginaron homogéneas- en comunidades caracterizadas por una profunda diferenciación económica, jurídica, étnica, religiosa, lingüística, regional, cultural y política. La mayoría de los letrados y caudillos que intervinieron en el diseño constitucional de los nuevos Estados -Simón Bolívar, Andrés Bello, Fray Servando Teresa de Mier, Lucas Alamán, Lorenzo de Zavala, Vicente Rocafuerte, Manuel Lorenzo de Vidaurre, Félix Varela...- veía como un obstáculo la heterogeneidad social de sus respectivos países.

Sin embargo, por actuar en décadas (1810-1840) en las que la polarización entre liberalismo y conservadurismo aún no se manifestaba plenamente, para aquellos primeros republicanos no era importante atacar o defender las propiedades comunales o eclesiásticas, eliminar o preservar el fuero militar, ampliar o limitar el rol de la Iglesia en la educación y en el derecho. Aunque la mayoría de ellos compartía la plataforma doctrinaria del liberalismo gaditano, la ausencia de una querella liberal-conservadora los volvía, acaso indeliberadamente, más flexibles desde un punto de vista comunitario, acercándolos a quienes vivimos en las sociedades multiculturales de hoy.


Las disputas entre centralismo y federalismo no tenían, para aquellos republicanos, las connotaciones que luego tendrán para liberales y conservadores. Los federalistas mexicanos, por ejemplo, no veían en ese régimen la amenaza de una pérdida de soberanía, en los Estados del Norte, ante la expansión territorial de Estados Unidos. Entonces Washington era visto como un aliado, no como un enemigo -connotación que se afianzaría a partir de la guerra con México, entre 1847 y 1848, y la difusión de la doctrina del "destino manifiesto". De ahí que algunos federalistas como Zavala y Rocafuerte pensaran que la autonomía regional, en vez de debilitar, fortalecería la integración territorial de los nuevos Estados.

Los primeros republicanos de Hispanoamérica no eran nacionalistas, pero tampoco eran demócratas: algunos estaban a favor de la tolerancia religiosa, otros no. Cuando Mier o Rocafuerte, Zavala o Vidaurre hablan de democracia lo hacen en un sentido muy parecido al de Tocqueville y otros liberales de la primera mitad del siglo XIX: democracia es, para ellos, sinónimo de igualdad, y, por tanto, de amenaza al equilibrio social. Bolívar, como es sabido, compartía aquellos escrúpulos e ideó fórmulas constitucionales como el "senado hereditario" o la "cámara de censores" para, en sus palabras, "atemperar la democracia con instituciones aristocráticas".


Atribuir a Bolívar una "concepción democrática revolucionaria", "antiburguesa" o "anticapitalista", como hizo el presidente Hugo Chávez en su discurso de toma de posesión, el 10 de enero de 2007, es, cuando menos, una burla a dos siglos de estudios bolivarianos en Iberoamérica. Ese Bolívar protomarxista no sólo es cuestionable desde las conocidas ideas de Marx sobre Bolívar, sino desde los propios textos políticos y constitucionales del Libertador. Con el Bolívar de Chávez sucede como con el Martí de Fidel Castro: dos estadistas republicanos del siglo XIX que terminan siendo desconectados de su propia tradición e incrustados en las izquierdas marxistas del siglo XX.


Muchas de las fórmulas autoritarias que ideó Bolívar, incluida la "presidencia vitalicia", que tomó de la Constitución haitiana, estaban inspiradas en la certeza de que sociedades como las hispanoamericanas, moldeadas por tres siglos de régimen colonial, corporativo, esclavista y estamental, no podían constituir, de la noche a la mañana, ciudadanías modernas. Pero Bolívar otorgó a ese diagnóstico, típicamente ilustrado, un acento republicano que tenía como finalidad la creación de comunidades virtuosas por medio de la educación cívica y de una gradual igualación de derechos y deberes.

El propio Bolívar no ignoraba que instituciones como la "presidencia vitalicia" minaban las bases de una república. En su Discurso de Angostura (1819), dijo que "la continuación de un mismo individuo frecuentemente ha sido el término de los gobiernos democráticos... Un justo celo es la garantía de la libertad republicana y nuestros ciudadanos deben temer con sobrada justicia que el mismo magistrado que los ha mandado mucho tiempo los mande perpetuamente". Cuando, siete años después, Bolívar diseña la Constitución de Bolivia como modelo hispanoamericano, la mayoría de los letrados bolivarianos (Mier y Rocafuerte, Vidaurre y Zavala, Bello y Heredia) se le oponen.

Para aquellos fundadores de la Hispanoamérica moderna el arquetipo del estadista republicano era George Washington, quien en 1796, a punto de cumplir su segundo mandato presidencial, declinó postularse a una segunda reelección y se retiró a la vida privada en Mount Vernon. Desde 1808 esos pensadores comenzaron a contraponer la figura de Washington a la de Napoleón, a quien vieron como una encarnación moderna del cesarismo que había malogrado la república romana. A partir de 1826, Bolívar comenzó a ser visto, también, como un nuevo César. Benjamin Constant resumiría ese desencanto hacia la figura del Libertador en un discurso ante el Parlamento francés: "No, la dictadura nunca es un bien; la dictadura nunca es lícita. Nadie está lo suficientemente por encima de su país y de su tiempo para tener derecho a desheredar a sus ciudadanos".


Si hace 200 años, los fundadores de Hispanoamérica imaginaron repúblicas sin democracia, hoy, en América Latina, parecen construirse democracias sin república. Las reformas de los 90 redujeron los Estados al mínimo y limitaron la capacidad de constituir ciudadanías plurales, participativas e incluyentes por medio de la educación, el laicismo y la cultura. El ascenso del autoritarismo de izquierda en la última década, desplazó el péndulo al otro extremo: reelección indefinida, control de la sociedad civil y los medios de comunicación, capitalismo de Estado, caudillismo. A 20 años de la caída del muro de Berlín, todos los países latinoamericanos, menos Cuba, son democráticos, pero la democracia vive amenazada por la crisis de los valores republicanos que decidieron la ruptura con la monarquía absoluta.

El Bicentenario y los desafíos para el futuro


Especial Bicentenario
Hora 25 global
Ricardo Lagos. Expresidente de la República de Chile


Al conmemorar un Bicentenario se celebra una fecha histórica, pero, más importante, se conmemora también una gesta política, porque al final, ¿qué es el Bicentenario? Es la celebración de 200 años de la Independencia, de cómo fuimos plasmando nuestra identidad nacional, de cómo nos fuimos separando de la Madre Patria porque el Rey estaba cautivo a manos de los franceses y debíamos ser nosotros los que tomáramos las riendas de nuestras propias decisiones. Entonces acá hay una celebración política de lo que otros políticos hicieron 200 años atrás. El desafío, por tanto, es ¿qué hacen los políticos hoy de cara a los próximos 100 años? ¿Qué se hace ante los desafíos de un mundo que ha cambiado radicalmente en este tiempo, pero que en estos últimos 20 ha cambiado todavía más? Entre un muro de Berlín que se derrumba y un Wall Street que también cae 18 años después.

Esto significa que se deben buscar nuevos derroteros en un mundo globalizado que nos obliga a tener reglas para lograr más grados de equidad, y para eso hay que luchar. Asimismo, estamos frente a una revolución científico tecnológica que plantea a los políticos un tremendo desafío para establecer la forma que se interactuará en este siglo XXI. Sin duda la relación entre gobernantes y gobernados cambiará. La envergadura del cambio hace que los mapas que teníamos para ver nuestras sociedades se encuentren obsoletos y haya una nueva cartografía a la par que se van descubriendo nuevos territorios. ¿Cómo se va a relacionar en el futuro la ciudadanía con los representantes que elige? ¿Cómo llegaremos a hacer un gobierno más directo y donde los partidos políticos tengan un rol diferente al de hoy? Imaginar una sociedad donde el gobernante pueda consultar sus decisiones con los gobernados a través de Internet es algo que en un tiempo breve podrá ser realidad en la mayoría de nuestros países. Pero, más importante, podrán los ciudadanos directamente entrar a definir cuáles serán los temas de la agenda política que a ellos les interesan.

Aquí estamos en presencia de un nuevo mundo que será lo que caracterizará al siglo XXI. Y la forma como perfeccionemos nuestros sistemas democráticos va a depender en gran medida de cómo seamos capaces de incorporar el concepto de redes. Redes de ciudadanos que se organizan entre sí. Estoy convencido que todas estas experiencias traerán más fortaleza a nuestras sociedades, con un tejido social más denso, con mayores niveles de equidad y con una capacidad creativa multiplicada y puesta al servicio de las personas.

Ese es el gran desafío de este Bicentenario y hacia eso tiene que haber una respuesta política del tamaño y la magnitud de la que otros nos legaron hace 200 años.

Bicentenario surrealista

Especial Bicentenario
El Periódico
Juan Villoro



El próximo día 15 México celebrará su independencia en la plaza de Sant Jaume. La ceremonia del «grito» ocurrirá en el mismo balcón donde Pep Guardiola, recordando a Josep Tarradellas, exclamó: «Ja la tenim aquí

El independentismo mexicano cumple 200 años. Me temo que no somos un ejemplo de autoayuda para los soberanistas catalanes. Después de dos siglos sin España, los fuegos artificiales se confunden con las balas. La violencia es el sello de la hora. Por otra parte, nos apartamos de España pero no de BBVA, Melià o Repsol. La península se ahorró la molesta gestión del virreinato y conservó los negocios.

Los festejos han seguido un guión que ya no pudo interpretar Cantinflas. El presidente Calderón convocó a un concurso para construir un Arco del Triunfo. ¿Qué campeonato o qué batalla acreditaba ese proyecto? La respuesta se sumió en nieblas metafísicas.

La guerra más reciente (contra el crimen organizado) es intestina y ha dejado 28.000 muertos sin victoria de por medio. Ante la imposibilidad de acreditar otros logros que la onomástica, el Arco fue visto como el redundante festejo de ser como somos, y contó con el respaldo de los principales despachos de arquitectos (con una institucionalidad sin fisuras, descubrieron que todo arco es hermoso).

Lo extraño es que el jurado premió ¡una torre! Este fallo surrealista fue analizado por el arquitecto catalán Miquel Adrià, que dirige en México la revista Arquine. Hay sitios donde es ilógico que el premio mayor de la feria ganadera lo conquiste una cebolla, pero México no es ese sitio. El guión cantinflesco no acabó ahí: la torre no estará lista para el Bicentenario. Cien años antes, el dictador Porfirio Díaz acabó a tiempo la columna de la Independencia.

Lo decisivo de la vida mexicana es que no necesitamos pretextos para festejar: el jolgorio es un fin en sí mismo. Las causas han sido superadas por nuestro estado de ánimo. Tal vez no sea racional que la identidad se funde en el placer de gritar de gusto, pero eso nos articula como nación.

Quienes asistan a la fiesta de la plaza de Sant Jaume comprobarán que el independentismo mexicano es un recurso que perfecciona la alegría.

El origen de los Estados Unidos Mexicanos

Especial Bicentenario
Los nombres de América
El País

*ALFREDO ÁVILA

El nombre de México tiene una trayectoria previa al surgimiento de la nación en el siglo XIX. Su origen es prehispánico, limitado al de las ciudades lacustres de Tenochtitlán y Tlatelolco

Estados Unidos Mexicanos es el nombre oficial del país conocido como México. La primera denominación resalta el pacto federal, mientras que la segunda pone énfasis en la nación, origen de la soberanía, según la Constitución. Parece evidente la tensión entre estas proposiciones, en particular porque ambas se encuentran en el mismo documento. Sin embargo, la tensión es antigua y se deja sentir menos, aunque en 1993 se manifestó en una polémica en la prensa entre quienes proponían modificar la denominación oficial por considerar que "México" era el nombre auténtico de la nación y aquellos que defendían las soberanías estatales y argüían que el cambio respondía a intereses comerciales estaounidenses. La polémica no pasó de la prensa.

El nombre de México tiene una trayectoria previa al surgimiento de la nación en el siglo XIX. Su origen es prehispánico, limitado al de las ciudades lacustres de México Tenochtitlán y México Tlatelolco. La etimología parece hacer referencia al asentamiento en medio de un lago: "Mexi" es la luna o el centro del maguey, "co" significa "en donde está". Tras la conquista española del siglo XVI, la ciudad que sirvió de cabeza al reino de Nueva España fue llamada México, por lo que se podía usar ese nombre para todos los dominios que se gobernaban desde esa capital. Muy pronto se pueden hallar referencias al Seno Mexicano (el Golfo de México) y en 1590 el Orbis terrarum de Petrus Plancius señalaba a toda la parte norte del Nuevo Mundo como "America Mexicana", es decir, eran regiones que dependían de la ciudad de México.

Período colonial

A finales del siglo XVIII, Francisco Xavier Clavijero publicó su Storia antica del Messico, lo que contribuyó a llamar con este nombre a los dominios españoles en América del Norte, en especial en Europa y en Estados Unidos. Sin embargo, el término "mexicano" se usó durante el periodo colonial únicamente para designar a las personas que vivían en la ciudad de México o a quienes hablaban náhuatl, la "lengua mexicana", y no para la generalidad de los habitantes de Nueva España. El vocablo "novohispano" fue inventado en el siglo XX, de modo que nunca nadie lo empleó para identificarse.

Estas puntualizaciones son pertinentes, porque durante el proceso que condujo a la independencia del país, no hubo una única manera de nombrarlo. Miguel Hidalgo siempre se refirió a "este reino" o a "esta América". Por su parte, José María Morelos usó el nombre "América Mexicana", que se ve en el Decreto Constitucional de 1814. No obstante, en los papeles de los dos dirigentes de la insurgencia hay referencias a los "apáticos mexicanos" o los "cobardes mexicanos", es decir, a los habitantes de la capital virreinal.

Los términos "Estados Unidos Mexicanos" y "República Mexicana" fueron empleados por vez primera por los insurgentes de Texas, quienes se hallaban muy influidos por los estadounidenses. En 1821, el Tratado de Córdoba firmado entre el jefe político Juan O'Donojú y Agustín de Iturbide señaló que "esta América se reconocerá como nación soberana e independiente y se llamará en lo sucesivo imperio mexicano".

Servando Teresa de Mier advirtió que "llegará el tiempo en que todos los nombres europeos desaparecerán de los países trasatlánticos y se restituirán los antiguos". No bien conseguida la independencia, el de "Nueva España" fue olvidado. Entre 1821 y 1824 "Anáhuac" (náhuatl: "tierra rodeada de agua") convivió con "México" en impresos y proyectos constitucionales. Mier se dio cuenta de que el segundo se impondría, por ser la capital del nuevo país, lo que en efecto sucedió cuando el Congreso decretó la Constitución Federal de los Estados Unidos mexicanos.

*Alfredo Ávila pertenece a la Universidad Nacional Autónoma de México

Haití: un nombre, una nación y un destino a cambiar

Especial Bicentenario
Los nombres de América
El País

GUY PIERRE

En este polémico ensayo, el historiador de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México y ex diplomático haitiano Guy Pierre nos habla del drama de su país y de las necesidades acuciantes de un pacto político popular para construir un futuro diferente y soberano. El terremoto de enero de 2010 ha despertado el interés en esta nación isleña que lucha por recuperarse. Desde el siglo XVI, Haití ha sido cruce de culturas, primero entre españoles y pueblos indígenas, y luego como colonia francesa con una de las poblaciones de origen africana más importantes de América. Haití fue la primera nación latinoamericana en alcanzar su independencia en 1804, merced a la lucha de los antiguos esclavos que bautizaron su nación con un nombre prehispánico.

Haití representa territorialmente casi una tercera parte de una de las mayores islas del Caribe, a la cual los españoles impusieron el nombre de Española o Hispaniola a fines del siglo XV, aunque -según algunas fuentes- los primeros habitantes o indígenas la identificaban con el nombre Haytí, o según otras, Quisqueya. La cuestión del nombre que llevaba cada territorio de la región está sujeta a ciertas especulaciones y discrepancias, en especial por la temprana desaparición de la población indígena local. Conviene recordar que la delimitación territorial de la Isla Española se constituyó jurídicamente en 1697 con el Tratado de Ryswick, por el cual la parte occidental pasó a ser propiedad de Francia, que le puso el nombre de Saint Domingue, el mismo que fue cambiado el primero de enero de 1804 por el de Haití tras unas cruentas guerras que se radicalizaron durante la coyuntura de 1802-1803, en contra de las tropas que Napoleón había enviado a la colonia con el objetivo de terminar con el poder de Toussaint Louverture y restablecer el sistema de esclavitud. Pero la lucha del pueblo haitiano impidió el regreso al pasado y logró que su nación fuera la primera independiente de América Latina: su significado histórico se desprende del Acta de Independencia de 1804 y de los primeros artículos de la Constitución haitiana de 1805.

Con su independencia y el rechazo del nombre de Saint Domingue y la adopción del nombre de Haití, el mundo entero quedó sorprendido: vio nacer por primera vez una nación forjada y gobernada por antiguos esclavos. Eso constituyó efectivamente un hecho histórico totalmente extraño dado que el sistema capitalista triunfante necesitaba aún la fuerza de trabajo de los negros -bien como esclavos tout court o bien como trabajadores colonizados- para sustentar su dinámica en diversos territorios americanos como el sur de los Estados Unidos, Cuba y Brasil hasta bien entrado el siglo XIX.

La joven nación de Haití, sin embargo, se encontró al inicio de su vida soberana en una situación que le iba a impedir registrar un cierto proceso de crecimiento sostenido en el siglo XIX, como otras naciones latinoamericanas que obtuvieron su independencia durante el periodo de 1810-1826. En Haití, el retraso económico fue prolongado, aunque se experimentaron algunas breves coyunturas de desarrollo a fines del siglo XIX y entre el fin de la Primera Guerra Mundial y la Guerra de Corea.

Un nacimiento en un contexto favorable

Recordemos que Haití nació en una coyuntura política internacional que era favorable para el desarrollo del capitalismo en varias economías en Europa y en el joven país de los Estados Unidos de América, pero mucho menos para otras regiones del mundo. Es cierto que algunos de los espacios económicos de plantación ubicados en el Caribe pudieron aprovechar la coyuntura, aunque, como demuestra el caso de Cuba, sólo si se mantenía el sistema de esclavitud o de trabajo servil. Haití no recurrió a esta opción porque, al adoptar el Acta de Independencia, se abolió para siempre la esclavitud y se garantizó asimismo la libertad de todos los ciudadanos. Dessalinnes y todos los generales-fundadores y el pueblo se habían comprometido a la libertad. La nación haitiana tuvo así que escoger una senda propia que carecía de racionalidad económica en un mundo de fuerte competencia internacional. Los distintos gobiernos militares y civiles no lograron encontrar un mejor rumbo y, en realidad, muchos de ellos ni siquiera intentaron pensar en algún modelo alternativo; se complacieron por el contrario por su alto grado de oscurantismo y de cinismo en ejercer actos de satrapía. Tampoco pudieron estimular con base en un razonable grado de productividad su crecimiento y tampoco a consolidar los elementos necesarios para aprovechar -como los hizo la República Dominicana- la belle opportunité que el sistema de plantación ofreció en el Caribe entre 1900 y 1950.

La primera razón del atraso se relacionaba con las contradicciones internas y las rivalidades intercolonialistas que surgieron de la ruptura con el modelo de crecimiento colonial -el sistema de plantación- que había sido la base de la economía de Saint Domingue. A su vez, surgieron fuertes conflictos internos que provocaron su escisión en mini-estados enemigos durante los tramos temporales de 1806-1820 y 1867-1869, y dos modelos de producción: el del pequeño cultivador libre y el de la gran propiedad agraria de tipo feudal. Estos modelos económicos ayudaron a alimentar una fuerte ideología anticolonialista, lo que era necesario para que el Estado haitiano pudiera defender y garantizar su independencia frente a la antigua metrópoli y otras potencias colonialistas.

Posteriormente, la nación sufrió la intervención violenta de los marines en 1915, cuando el Gobierno de los Estados Unidos alentó una expansión de su esfera de influencia en el Caribe y Centroamérica. Los nuevos colonialistas remodelaron el Estado central en conformidad con los intereses de la First National City Bank of New York y empujaron la economía local a financiarse por medio de un empréstito (1922) que asentó su dependencia de los banqueros norteamericanos.

Lucha contra el ocupante

A pesar de todo, la nación resistió en tanto una nueva generación de patriotas, impregnados de sentimientos nacionalistas, encabezaron las luchas populares contra el ocupante desde 1915 con el objetivo asimismo de reorientar el destino del país. Pero también es cierto que la misma ocupación militar estadounidense generó nuevas condiciones (signadas por fuertes contradicciones) que el país hubiera podido aprovechar para modernizarse. Durante este período se despertó un cierto espíritu empresarial de nuevo cuño, y una apertura hacia la inversión externa. Por ejemplo, se abolió un artículo que todas las constituciones del siglo XIX venían reproduciendo y que si bien este instrumento legal era necesario entre 1804 y 1859 para defender la independencia impidiendo a los extranjeros tener "bienes raíces" (art. 7) o invertir en el país, se había transformado a partir de los años 1860-1870 en un obstáculo al crecimiento, aunque pocos gobiernos lo respetaban. Pero no se aprovecharon las nuevas oportunidades durante el periodo bajo consideración (1915-1934) y se produjo un crecimiento económico mucho más lento en el país que en la vecina República Dominicana.

A decir verdad, otras oportunidades se presentaron posteriormente a la nación para que pudiera reorientar totalmente su destino, particularmente durante las coyunturas de aumento sostenido de los precios de las materias primas (Segunda Guerra Mundial y Guerra de Corea). Los altos funcionarios del Estado haitiano intentaron algunos proyectos de desarrollo pero les faltó algo de visión para dinamizar el proceso, y esta nueva experiencia se quedo frustrada, pese a registrarse algunos resultados bastante positivos en ciertos campos de la actividad económica en el país.

Conviene mencionar que a pesar de todas las dificultades citadas y pese a todos los golpes de Estado que el Ejército venía realizando, hubo algunos momentos durante e inmediatamente después de la Segunda Guerra Mundial cuando se produjo un cierto dinamismo económico y desarrollo social. Pero esta tendencia fue interrumpida por el largo periodo (1957-1986) de oscurantismo político durante la dictadura de la satrapía de los Duvalier. Haití se hundió totalmente en términos políticos y económicos, aunque con unos años de leve recuperación económica en los setenta, antes de entrar de manera imparable desde los ochenta en caída libre.

La salida de Baby Doc

Huelga decir que la nación probablemente hubiera podido revertir ese proceso de caída libre después de la salida de Baby Doc en 1986 de no haber aceptado durante la coyuntura electoral de 1990 el camino trazado por el grupo Aristide-Préval. Esta opción inicialmente despertó algunas esperanzas, pero a decir verdad conviene reconocer que no hubiera podido de ninguna manera ayudar a la nación a salirse del profundo letargo en el que se encuentra desde tiempos atrás. Ello se manifestó en el hecho de que el nuevo grupo gobernante expresó una estrategia política totalmente incoherente y nebulosa con los discursos populistas y mesiánicos que lanzaba. Tampoco tenía ninguna visión clara de lo que requieren la reconstrucción de un Estado y la modernización económica. Pese al alto grado de legitimidad que había alcanzado en los años 1994-1996, el nuevo régimen político aceleró aún más el deterioro de la situación y se reveló como uno de los mayores fracasos políticos que ha registrado la nación desde que se fundó hace ya más de dos siglos.

Así pues, para resumir, la nación haitiana ha dejado pasar un conjunto de posibilidades de crecimiento y de mejoría social durante los dos siglos pasados. Debe ahora refundarse y reconstruir su destino después del devastador terremoto del 12 de enero pasado. ¿Pero cómo? No puede por cierto hacerlo por medio del protectorado que las Naciones Unidas han reforzado a raíz de los hechos recientes, con el beneplácito del presidente Préval y que constituye una verdadera humillación política. Ningún país puede refundarse y redefinir su destino entregando el control de su aparato de Estado a una instancia política internacional, es decir liquidando él mismo su soberanía nacional. No puede tampoco hacerlo entregando su dirección a unos líderes políticos improvisados, o unos partidos políticos sin ninguna base popular real y un programa político coherente. O confiándose, en último caso, en una diáspora atravesada y dominada por el pensamiento imperial y ONGista.

La nación requiere para refundarse una fuerte movilización patriótica en torno a un programa coherente de pacto nacional, pero un pacto que no debe ser un pacto electoral, sino un pacto programático de gobierno amplio, que excluya, sin embargo, la participación de todos aquellos líderes - allegados o no del actual Gobierno- que se alistan para asegurar la continuidad del viejo sistema social y del protectorado de las Naciones Unidas. Es decir un pacto que integra a todas las fuerzas sociales, actores, ciudadanos y ciudadanas que piensan que el nuevo Gobierno que tomará el poder el 7 de febrero del 2011 deberá de manera inmediata:

Puntos del pacto programático

- Reconfigurar el aparato de Estado para fortalecerlo, reformando así el sistema judicial y estableciendo nuevas normas por el funcionamiento de la administración pública; y las ONG, las cuales deben ser reducidas a un cierto número determinado y colocadas bajo el control estricto del poder central.

- Reformular el discurso político general, educando así al pueblo para que apoye el nuevo proceso de acción, pero sin llevarle por medio de prácticas populistas a ilusionarse sobre el futuro inmediato del país.

- Definir con las Naciones Unidas un calendario para el retiro de la Misión de Estabilización de las Naciones Unidas en Haití (MINUSTAH) en un plazo de dos años.

-Reformular el discurso político general, apoyándose así en el pueblo y educándole sin llevarle por medio de la retórica populista a crearse ilusiones.

- Fortalecer la Policía Nacional, tomando medidas eficaces para dotarla de recursos financieros suficientes y de medios modernos por el incremento de su eficacia; aumentar el número de agentes en consonancia con el incremento de la demanda de los ciudadanos y ciudadanas en materia de seguridad y de servicios; y elevar el nivel de formación de los agentes y su capacidad de comunicación y de dialogo con los ciudadanos y las ciudadanas.

- Asentar las bases para implementar de manera progresiva un plan de acción de largo plazo tendente a apoyar de manera sostenida la educación y a reactivar en general la economía en un marco distinto del modelo que las organizaciones financieras internacionales lo vienen imponiendo desde los años ochenta.

- Reconsiderar con las Naciones Unidas y las potencias tradicionales las condiciones de la ayuda que se ofrece al país a raíz de los graves daños sufridos el 12 de enero pasado. Es decir proponer y llevar a las Naciones Unidas y a las potencias aludidas anteriormente a aceptar a transformar la CIRH, con un número muy reducido de miembros y en coordinación con el Senado, en un comité de auditoría encargado de verificar los gastos realizados para la reconstrucción con fondos procedentes del extranjero. Todo ello con el entendido de que el comité podrá pedir a las Naciones Unidas suspender el desembolso de los fondos en el caso que se revele que ha habido malversación de algunas partidas ya desembolsadas.

Ya es tiempo que el Norte no pida al Sur que se arrodille para ayudarle. O sea, urge despolitizar la solidaridad internacional. Sobre todo en casos de desastres naturales. Es inhumano transformar los acontecimientos dramáticos del 12 de enero en un momento oportuno para asestar la estocada final al país e incrementar al mismo tiempo contra él en algunos medios de comunicación una vieja campaña de denigración basada en unos tantos clichés. Eso cuanto más que, como otros países del Sur lo han vivido ya y nosotros también en muchas ocasiones anteriores, la mayor parte de la ayuda prometida no será transferida a Puerto Príncipe sino que será consumida por las ONG y los expertos de los mismos países donadores. He aquí lo que la nación debe rechazar para poder recuperar su soberanía y redefinir su destino. He aquí también lo que debe llevar a la nación a movilizarse contra todas las maniobras de los grupos internos e internacionales por el mantenimiento de la continuidad política, sea por medio de la banda de Préval o sea por medio de unos de los líderes improvisados, o también uno de los seudos partidos políticos, incluso las bandas de Aristide.

Ecuador, latitud 0: una mirada a su proceso de construcción

Especial Bicentenario
Los nombres de América
El País


Ana Buriano, del Instituto Mora-México, analiza el camino de Ecuador hasta llegar a su denominación actual

En el nombre de nuestros países privó la prerrogativa paterna característica de las sociedades patriarcales latinoamericanas. En aquellos que escaparon al determinismo de la toponimia autóctona los "padres de la patria", los generales de la independencia impusieron el nombre bautismal a las nuevas formaciones. Casi como dioses crearon países al golpe de su espada y con la fuerza de su palabra. ¿Por qué, entonces, la colonial Audiencia, una vez independizada, extravió su autóctono Quito y llegó a nuestros días bajo el nombre de República del Ecuador?

En 1736, llegó a Quito la Misión Geodésica enviada por la Real Academia de Ciencias de París, dirigida por Charles Marie de La Condamine. La Corona de España otorgó permiso para que los científicos franceses midieran el meridiano terrestre y establecieran la verdadera forma de la Tierra, que entonces suscitaba polémica entre Newton y Cassini. La Misión trazó la línea latitud 0 en las inmediaciones de Quito y sus trabajos adquirieron amplia difusión. En el medio científico europeo y entre las élites cultas americanas se popularizó la aplicación indiscriminada de las categorías geodésicas al marco territorial de la Audiencia a través del uso de referentes como: "la línea equinoccial" o "las proximidades del Ecuador". El nombre se extendió a tal punto que, a principios del siglo XIX, Humboldt lo utilizaba en algunas de sus obras, como en la Geografía de las plantas que nacen en las inmediaciones del Ecuador. Así, La Condamine y sus compañeros fueron los primeros responsables de esta nominación.

El Reino de Quito

Los científicos franceses activaron también un movimiento ilustrado criollo que se expresó en lo filosófico, educativo, geográfico e histórico y que logró generar una imagen singular y concreta de la Audiencia de Quito. La base narrativa provino del jesuita Juan de Velasco quien, desde su exilio en Faenza, escribió en 1789 la primera historia quiteña con intención de desmentir el biologicismo europeo. El Reino de Quito en la América meridional del padre Velasco postulaba la visión de un poderoso reino preincásico que quiteñizó al incario. En la medida en que territorio e identidad guardan una unidad consustancial, no es casual que el primer esfuerzo identitario fuera paralelo a la crisis que generó en la Audiencia de Quito el segundo pacto colonial, cuando los dominios audienciales fueron sometidos a intensos vaivenes entre el virreinato del Perú y el recién creado de Nueva Granada. La cambiante territorialidad colonial exhibe la problemática de una entidad regionalizada, conformada por áreas confrontadas que, junto al problema étnico, ha sido el gran desafío a vencer para plasmar la nación. La Audiencia se constituyó a partir de tres jurisdicciones articuladas en torno a sus capitales: Quito en la sierra centro norte, Cuenca en la sierra sur y Guayaquil en la costa. Los tres centros tuvieron intereses divergentes que se expresaron de manera contradictoria ante la crisis de la monarquía hispánica. Mientras Quito estalló, en 1809, en un doble movimiento juntista de tono autonomista, no obtuvo el apoyo de Guayaquil y Cuenca. Cuando, diez años después Guayaquil, presionado por la confluencia de las campañas independentistas del sur y del norte, optó por la independencia, debió aceptar el apoyo de Colombia -a la que finalmente se incorporó- para independizar el conjunto del territorio audiencial, incluso Quito.

Por la puerta grande

En medio de las entradas y salidas de los ejércitos bolivarianos, el nombre Ecuador aparece en el horizonte cívico. En el Rosario de Cúcuta Bolívar se refiere por primera vez a "los hijos del Ecuador" con un nuevo sentido semántico. El Acta de independencia, rubricada por el Cabildo de Quito el 29 de mayo de 1822, que declaraba a las provincias que componían el antiguo Reino de Quito como parte integrante de Colombia asentó, por primera vez en un documento de gobierno, el nombre Ecuador. Bolívar vivía entonces un impulso nominativo, creaba las patrias andinas nombrándolas bajo una proyección universalista ilustrada con una opción preferente por la modernidad política alejada de la narración criolla patriótica de las toponimias autóctonas. Ecuador, como nombre, inventaba otra tradición que por nueva ayudaría a conformar la unidad política nacional y afirmaría un americanismo que borraría de la memoria el gran estorbo que Bolívar veía en las identidades locales. Imaginaba el nombre aplicado a un futuro único departamento que debería representar todo el Distrito del Sur dentro de la República de Colombia.

Un Ecuador resignificado

Sin embargo, el autonomismo cortaría las alas al impulso místico a su formulación nominativa y obligaría a resemantizar la nomenclatura geodésica. La fuerza del autonomismo guayaquileño exigió al Libertador establecer un departamento separado con sus autoridades y nombre propio. A partir de entonces Ecuador designaría sólo a Quito, mientras se debió reconocer la existencia de otros dos: Guayas y Azuay, según estableció en 1824 el Congreso de Colombia al discutir la ley de División Territorial.

Ecuador en la gran Colombia fue un área de guerra en apoyo a las campañas por la liberación de Perú y Bolivia. Los tres departamentos del Distrito del Sur se integraron con suerte diversa al proyecto grancolombino, hasta que la gran formación bolivariana saltó en pedazos al desprenderse primero Venezuela y luego Ecuador. En medio de los movimientos emancipadores surgieron nuevas y frustradas iniciativas denominativas, como la que intentaron en 1827 los Valdivieso y Arteta cuando propusieron fundar una república independiente bajo el nombre de La Atahualpina.

El Estado del Ecuador

La secesión sureña tuvo a su hombre en Juan José Flores, quien logró conjuntar los pronunciamientos de las distintas secciones para procesar la separación en medio de una negociación difícil. A la muerte de la Gran Colombia, la soberanía revertía a las regiones con fuerza renovada. Los tres departamentos estaban ahora convencidos de que era necesario buscar una fórmula de coexistencia. Cuenca, Guayaquil y Quito seguían siendo las potencias enemigas que describía Bolívar a Santander, en 1822, pero las amenazas en las fronteras y la crisis económica de posguerra convocaba a un acuerdo de cohabitación. Los "padres de familia" de los tres departamentos se reunieron en Riobamba, un lugar equidistante entre Quito y Guayaquil, y fueron muy celosos al establecer que cada departamento tendría la misma cantidad de representantes más allá de las diferencias de su población. Lo que se celebraba, dijeron, era un "pacto de voluntades" donde las regiones establecieron su existencia constitucional. Los constituyentes aprobaron "por aclamación" incorporar a las armas la línea equinoccial "que simboliza el nombre" del Estado y, de manera transicional, la Constitución del Estado de Ecuador en la República de Colombia como un cuerpo independiente formado por la reunión de tres departamentos: Quito, Guayas y Azuay. Las celosas partes contratantes eligieron Ecuador como una "tregua semántica" que eludía el nombre de la capital histórica y evitaba que una región tuviera primacía sobre la otra. La definición constitucional del Estado ganó perfil en la Convención de Ambato de 1835 cuando el nombre se fijó de manera permanente como la República del Ecuador, sin mencionar ya a la República de Colombia.

Colombia: un nombre continental para un estado nacional

Especial Bicentenario
Los nombres de América
El País
AIMER GRANADOS

De la misma manera que EE UU se apropió del nombre continental de América con su independencia en 1783, un proceso paralelo pero más complejo fue el experimentado con el nombre de Colombia. El historiador Aimer Granados, de la Universidad Autónoma Metropolitana-Cuajimalpa (Ciudad de México), nos relata las aventuras de los nombres de Colombia desde el siglo XVI en adelante

El nombre Colombia en la historia moderna de América siempre tuvo algo de mítico, con resonancias a la epopeya del descubrimiento colombino. Hoy, este nombre se refiere a una identidad política nacional: desde fines del siglo XIX, los colombianos así se identifican, pero no siempre esta representación nacional tuvo tal connotación.

Tal vez desde fray Bartolomé de las Casas estuvo presente la idea de llamar al Nuevo Continente o, al menos a una parte de él, con un nombre alusivo a su descubridor Cristóbal Colón. "Columba" fue el toponímico que utilizó el fray. En la época de las independencias hispanoamericanas, "Colombia", como nombre, indistintamente fue utilizado para denominar alguna porción del continente, pero, más precisamente, entre 1819 y 1830 para nombrar el proyecto político en torno al naciente y efímero estado nacional Colombia, más conocido como la "Gran Colombia", creada por Simón Bolívar. Este proyecto político constituyó una nueva nación construida a partir de un cuerpo de vasallos reales que se separaron violentamente de su soberano en las provincias que habían sido parte de tres divisiones territoriales de la Corona española: un virreinato (Nueva Granada), una capitanía (Venezuela), y una presidencia y audiencia (Quito).

Al hacer la historia del nombre "Colombia", también es necesario referirse a la Independencia de los Estados Unidos de America en 1783. En este contexto, el término "Columbia" fue utilizado para nombrar al Continente, pero también para referirse a la naciente nación norteamericana, aunque nunca llegó a oficializarse como tal en algún documento constitucional o de carácter oficial. Más bien, estuvo asociado a algunos poetas y círculos literarios de la época, y fue utilizado para bautizar diferentes divisiones políticas de los Estados Unidos.

La "República de Nueva Granada"

El venezolano Francisco de Miranda castellanizó la expresión "Columbia" y acuñó el nombre "Colombia". Miranda utilizó este toponímico para referirse alternativamente al hemisferio occidental, para nombrar a la América Española, o para bautizar a la nación que pensaba crear en los antiguos territorios de la monarquía española en América, una vez éstos se hubieran independizado. La capital de dicha nación se llamaría "Colombo". Hacia mediados del siglo XIX, los colombianos Tomás Cipriano de Mosquera y José María Samper todavía insistían en sus escritos en llamar "Colombia" a la América del Sur. En 1875, otro colombiano, Ezequiel Uricoechea, nombra "Colombia" a Sudamérica. Por su parte, el puertorriqueño Eugenio María de Hostos renombró a Hispanoamérica como "La América colombiana, Colombia y Continente Colombiano". Hacia fines del siglo XIX, la polisemia del nombre "Colombia" derivó hacia un solo significante, esto es, la actual República de Colombia.

Cabe aclarar que si bien esta breve reseña histórica se centra en el nombre "Colombia", al menos entre 1830 y 1863 el nombre que alimentó el imaginario político y de nación de lo que constituyó el antiguo virreinato de la Nueva Granada fue la "República de Nueva Granada". Nueva Granada como nombre y como entidad política, territorial e histórica, tuvo mayor fuerza que su rival Colombia en el contexto de la transición colonial hacia los tiempos republicanos. Efectivamente, exceptuando la década colombiana (1819-1830), la denominación República de Nueva Granada sancionada por la Constitución de 1832 y luego la Confederación Granadina, aprobada por la Constitución de 1858, fueron los nombres que dieron rumbo al nuevo estado nacional. Pero la Constitución de 1863 regresó al nombre de "Colombia" al formar los Estados Unidos de Colombia y a partir de la Constitución de 1886 se adoptó el nombre de "República de Colombia".

Más allá de la cultura

En los inicios de la década de 1980 los estudios sobre la nación enfilaron los análisis hacia aspectos relacionados con la cultura que poco habían aparecido en los estudios sobre la formación de los estados nacionales. Es en este ámbito de la cultura y de las representaciones e imaginarios en torno a la nación en donde una historia del nombre "Colombia" se torna interesante en la medida que permite estudiar la delimitación de un espacio cultural que, en una temporalidad que tal vez se extienda hasta fines del siglo XIX, sino es que más acá, permitió consolidar el estado nacional y una identidad nacional colombiana. Este proceso fue largo y lento y tuvo que ver con la entronización en el imaginario de los futuros colombianos, de rituales civicopatrióticos, símbolos patrios, un relato de la historia nacional, una literatura nacional y, ante todo, ciudadanos que se pensaran como integrantes de una comunidad imaginada llamada Colombia.

Cabe señalar que el proceso de formación de la nación colombiana no se agota en procesos atinentes al ámbito de la cultura. De él también hacen parte entre otros aspectos, la definición del territorio, las pugnas de carácter político (guerras civiles) en torno a problemas tan fundamentales como la adopción de la forma de gobierno y constitución del Estado (centralismo o federalismo), las relaciones Iglesia-Estado y, por supuesto, los aspectos relacionados con la economía, la formación de un mercado interno nacional, los avatares del fisco, el problema de los impuestos y la inserción de la economía nacional al capitalismo internacional. Evidentemente, también hace parte de este proceso la formación de una sociedad moderna que hizo su tránsito de súbditos a ciudadanos, de sociedad estamental a sociedad de clases, de comunidades indígenas y negras a individuos libres e iguales ante la Ley.

Chile: de 'finis terrae imperial' a "copia feliz del edén" autoritario

Especial Bicentenario
Los nombres de América
El País
RAFAEL SAGREDO BAEZA

El historiador Rafael Sagredo Baeza, profesor de Historia de la Universidad Católica de Chile, nos relata la historia de un país que ha tenido que luchar para sobreponerse al relativo aislamiento en el que vivió durante la época colonial. Su rápida incorporación a la economía global desde principios del siglo XIX, sin embargo, fue acompañado por una permanente tensión en el plano político y social entre autoritarismo y libertad que ha seguido hasta nuestros días

En el extremo sur occidental de América del Sur, Chile se ha desenvuelto como una sociedad marcada por su situación geográfica y su realidad natural, que han condicionado su organización republicana. El impacto de la realidad natural en la organización institucional chilena se aprecia en la opción nacional de privilegiar el orden y la estabilidad sobre la libertad, llegando a implementar un régimen autoritario que, incluso, la noción de república en ocasiones ha quedado en suspenso. Ha sido un imperativo derivado del ponderado orden natural lo que ha llevado al correspondiente orden autoritario que ha caracterizado su existencia.

'Finis terrae' del imperio español

Debe resaltarse la situación geográfica marginal y extrema de Chile durante el periodo colonial como lo demuestra, en primer término, la toponimia del territorio. Por el sur, en la costa desmembrada del extremo meridional occidental de América del Sur, nombres como los de Puerto de Hambre, Isla Desolación, Golfo de Penas, Seno Última Esperanza, Bahía Salvación, Cabo Deseado y Puerto Misericordia reflejan las dificultades que las condiciones geográficas y climáticas impusieron a los conquistadores, tanto como la impresión que estas causaron entre ellos.

El aislamiento de Chile fue acentuado, a su vez, por la poderosa cordillera de los Andes, otro obstáculo que fue frecuentemente representado en escritos de los viajeros europeos a través de una imagen fatídica. El recuerdo de la amarga travesía de Diego de Almagro y sus hombres permaneció vivo entre los conquistadores y sus descendientes, cohibiendo el cruce del muro de hielo y roca que, por la dureza de sus condiciones climáticas, se transformó en una barrera que separó a Chile del resto del continente.

Su enclaustramiento derivado de las condiciones extremas de sus ambientes limítrofes, tanto como la dureza de una existencia cotidiana marcada por la constante guerra contra los araucanos y las periódicas catástrofes naturales que lo sacudían, por no referirse a la endémica pobreza, la transformó en la colonia más pobre del Imperio español, haciendo de Chile una sociedad casi marginal.

"Copia feliz del edén"

La necesidad de atraer colonos y recursos a un territorio desprestigiado llevó a los conquistadores a exaltar las bondades naturales de Chile después de la frustrada empresa de Almagro a los confines del mundo, a lo más hondo de la tierra, como para los incas se presentaba el extremo occidental de América meridional.

Por consiguiente, promover la imagen de este territorio como un espacio bendecido por la naturaleza tiene su origen en una necesidad práctica, y el enaltecimiento del suelo propio ha sido una actitud constante que se acentuó a lo largo del siglo XIX. Desde los orígenes de la república, los emblemas patrios representaron las apreciadas características naturales de Chile y su extrema ubicación geográfica tanto como su vocación republicana y unitaria.

La Canción Nacional adoptada en 1847 pondera la realidad natural de Chile y exalta la vocación libertaria de la nación. Las características del país, sus glorias y sus grandes destinos se ven reflejados en ella:

Puro es, Chile, tu cielo azulado,

Puras brisas te cruzan también

y tu campo de flores bordado

es la copia feliz del Edén.

Majestuosa es la blanca montaña

que te dio por baluarte el Señor,

y ese mar que tranquilo te baña

te promete futuro esplendor.

A esta noción se sumaron concepciones ideológicas con versos que exaltan la determinación libertaria del pueblo chileno derivada de su valorada realidad física. El coro del himno es elocuente:

Dulce Patria, recibe los votos

con que Chile en tus aras juró

que, o la tumba serás de los libres

o el asilo contra la opresión.

La alusión al "jardín del Edén" no es solo una metáfora en relación a las características físicas del territorio nacional, lo es también como proyección de un espacio político en el cual, se creía, prevalecía la ley y el orden, un verdadero "asilo contra la opresión".

El orden, la paz y la libertad representaron aspiraciones que emanaban de la realidad natural, pero también de las experiencias sufridas después de la Independencia. Las convulsiones vividas, sumadas a la dramática realidad de algunos de los países que nacían a la vida independiente en América, terminaron por exaltar el orden y la estabilidad como elementos esenciales de la república de Chile, incluso sobre la libertad que, para la élite, de todas formas resultaba asegurada por la vigencia del régimen republicano.

Chile: ¿o el asilo contra la opresión?

Sin embargo, ¿cuál fue el precio pagado por la sociedad chilena para alcanzar la posición excepcional que se le atribuía? Sin duda, el autoritarismo, materializado en un arsenal de modalidades represivas contra la "anarquía" y "los perturbadores del sosiego público". Como la realidad histórica lo muestra, y ha sido estudiado y acreditado, "las modalidades represivas perdurarían en la cultura política de la república".

La referencia a la naturaleza y a su prodigalidad con Chile fue una manera de legitimar el régimen autoritario, que de este modo terminaba siendo una prolongación civil del orden natural, y por lo tanto prácticamente inmutable, tanto como el predominio político de quienes lo imponían. Después de la dictadura de Pinochet, el presidente Patricio Aylwin encabezó la transición a la democracia en Chile. Entre sus desafíos estuvo reformar la heredada institucionalidad autoritaria.

Brasil y sus nombres

Especial Bicentenario
Los nombres de América
El País
JOSE MURILO DE CARVALHO

En este breve ensayo, el historiador brasileño José Murilo de Carvalho, de la Universidad Federal de Río de Janeiro y miembro de la Academia Brasileña de las Letras, nos relata la sorprendente historia de los nombres de Brasil desde el inicio del siglo XVI hasta nuestro días a partir de una gran paradoja literaria. Murilo analiza la relación entre mito y país, utopía y realidad, progreso y devastación, esperanza y frustración. Hace hincapié en la persistencia de estos contrapuntos fundamentales desde principios del siglo XVI hasta nuestros días. Preguntarse sobre la identidad, de acuerdo con Carvalho, implica mirarse en el espejo sin titubear y con total sinceridad pues, en caso contrario, no se pueden entender las contradicciones tanto de la formación de una nación como de la vida misma

Shakespeare hizo que Julieta afirmara que la rosa mantendría su perfume, cualquiera que fuera su nombre. Pero ¿ocurriría lo mismo con el nombre de un país?

La tierra encontrada por Cabral en 1500 era llamada "Pindorama" o "Tierra de Palmeras" por los habitantes nativos. Al llegar a las desconocidas y nuevas playas, el navegador las bautizó "Terra de Vera Cruz", aunque a los pocos días cambió el nombre por "Isla de Vera Cruz". Ello se debió al hecho de que el explorador era caballero de la Orden de Cristo, y por ello siempre llevaba una cruz sobre su pecho.

Al ser informado del descubrimiento, el rey de Portugal, Don Manuel, comunicó el gran acontecimiento a Fernando e Isabel, monarcas de la vecina España, proclamando la nueva tierra, "Terra de Santa Cruz". En 1503, en una famosa carta a Lorenzo de Médici, Américo Vespucio la bautizó "Mundus Novus". En la misma época, se difundió la noticia de la gran cantidad de loros en el Nuevo Mundo, y por ello surgió el nombre popular de "Tierra de Papagayos". Pero más importante que los pájaros tropicales era un árbol alto, grueso y espinudo, con tronco rojo y flores amarillos, que los indígenas llamaban "ibirá pitanga", árbol colorado. Los portugueses luego la identificaron con la madera brazil, oriunda de Asia y conocida desde el siglo XII como fuente de colorante de paños. Existían registros de este nombre en Italia desde el siglo XI y en España desde el siglo XII. Marco Polo habló del "brésil", y Vasco da Gama de "muy buen brasyll, que hace un excelente y fino bermejo". Ya desde 1511, en los mapas el nuevo nombre de "Brasil" se convirtió en el habitual, pero numerosas protestas se formularon en contra de dicha expresión. El cambio en la denominación de la Isla de Vera Cruz era obra del diablo, sostuvo Fray Vicente do Salvador, ya que se cambiaba el "divino árbol" por un árbol comercial.

Controversias

Pero, además, se produjeron muchas más controversias. La primera era grafológica. ¿Como escribir este nombre? Hubo, desde el siglo XI, al menos 23 formas distintas de escribir la palabra e inclusive hasta el siglo XX, se seguía discutiendo si debía ser "Brazil" o "Brasil". La mayor disputa fue histórica. ¿Cuál sería el origen del nombre del país? La versión tradicional pasó a ser fuertemente cuestionada a partir del primer cuatro del siglo XX, cuando el historiador Capistrano de Abreu adelantó otra hipótesis sobre el origen del nombre. En su opinión, "Brazil" era originalmente una isla mítica y paradisíaca localizada a la altura de la costa irlandesa: desde 1375 en los mapas de los frailes irlandeses -muy viajeros- la Isla Brazil figuraba siempre ya que se suponía que el mítico rey, Brasal, había fijado su residencia en la isla desde tiempos inmemoriales. El historiador Gustavo Barroso defendió la nueva interpretación en un libro publicado en 1941. Como fray Vicente, él detestaba la idea de la madera. En segundo lugar, era más digno derivar el nombre del país de una Tierra legendaria que de un vil producto tropical comercializado por cristianos nuevos.

El gentilicio "brasileiro" también incomodaba a muchos. Era el término originalmente aplicado para describir a un comerciante del palo brasil, un oficio nada superior al de un herrero o un minero. De hecho, recordemos que hasta fines del siglo XVII era ofensivo llamar a un hombre blanco "brasileiro". Los indígenas nativos eran conocidos como "brasis", mientras que los blancos se consideraban portugueses. Un portugués nacido en Brasil era denominado "português do Brasil" o "luso-americano". Pero ya en la época de la independencia se difundieron también los gentilicios "brasiliense", "brasílico" y "brasiliano".

Aunque no tiene verdadero sustento histórico, la hipótesis de la isla medieval de Brasil como fuente originaria embonaba perfectamente con dos facetas fundamentales del imaginario nacional que tenían sus orígenes en los textos antiguos de Cabral y Vespucio, pero también en los escritos de la independencia y del romanticismo, e inclusive llegan hasta nuestros días: nos referimos a la supuesta naturaleza paradisíaca de la tierra brasileña, un país grande, rico y bello. La grandeza natural justificaba otro rasgo de nuestro imaginario, la utopía del gran imperio, materializada en el nombre de la nueva nación, cuando logró su independencia en 1824. Brasil sería siempre el país del futuro, como rezaba el título del famoso libro de Stefan Zweig, de 1941.

Brasil, tierra de exploración comercial o Isla Encantada. Julieta no tenía razón.

Bolivia nació mujer

Especial Bicentenario
Los Nombres de América
El País
ESTHER AILLÓN SORIA

El nacimiento de la República de Bolivia, la más joven de las vírgenes de América e hija predilecta de Bolívar, expresó dos formas de denominar a la nueva nación, representada en el cuerpo femenino criollo y en el sentimiento de renacimiento político. La historiadora Esther Aillón Soria, de la Universidad de La Paz, explica cómo la república más alta del mundo alcanzó su independencia y reflexiona sobre la alegoría política de su nombre.


Dentro del ciclo de las revoluciones atlánticas, Bolivia nació a la vida republicana el 6 de agosto de 1825. Atrás quedaba el cuerpo político y la denominación colonial de "Audiencia de Charcas", que tomó el nombre de la prehispánica "Confederación indígena Qara-Qara Charka". Se bautizó a la nueva soberanía con un neologismo que sintetizaba la experiencia colectiva de la independencia iniciada en 1809, sellando la decisión de iniciar su construcción nacional separada del Río de la Plata y del Perú.

Después de la famosísima batalla de Ayacucho (diciembre de 1824), capituló el último virrey español del Perú, lo cual marcó el final de las múltiples y prolongadas guerras de independencia en Hispanoamérica. Entonces, el mariscal Antonio José de Sucre, brazo derecho del Libertador Bolívar, aceptó la persuasiva invitación de los llamados "doctores de Charcas" para cruzar el río Desaguadero y adoptar medidas sobre el estado político de las provincias del Alto Perú. Unos días después, Sucre promulgó el famoso decreto de 9 de febrero de 1825, que convocaba a una Asamblea Deliberante del Alto Perú para que definiera su destino. Instalada en la ciudad de Sucre, en la sesión del 6 de agosto de 1825, ese cónclave votó o adherirse a las Provincias Unidas del Río de La Plata (0 votos); al Bajo Perú (2 votos) o declararse independiente, opción que ganó por abrumadora mayoría. La decisión fue independizarse de cualquier poder extranjero y americano.

La nueva denominación: de República Bolívar a República de Bolivia

En los debates de la Asamblea Deliberante, la denominación que se utilizó fue Alto Perú. Pero el 11 de agosto de 1825 se aprobó la Ley de Premios y Honores a los Libertadores cuyo primer artículo señalaba: "La denominación del nuevo Estado es y será para lo sucesivo República de Bolívar". La Asamblea confirió a Bolívar el título de Libertador, padre de la patria y presidente vitalicio, y le obsequió con una medalla de oro (a él y a Sucre) grabada con el Cerro de Potosí, que al reverso llevaba la inscripción: "La República agradecida al héroe cuyo nombre lleva". El nombre de Bolívar fue adoptado como una estrategia de reconocimiento de los diputados ante la desconfianza del Libertador de disgregar la América liberada en pequeñas parcelas soberanas. A pesar de su inicial rechazo, se sintió halagado y persuadido por la decisión de bautizar al nuevo Estado con su nombre, y aceptó su independencia.

El cambio de nombre a República de Bolivia se produjo meses después sin una resolución expresa de la Asamblea Deliberante. Reza el dicho que el diputado por Potosí, Asín, estampó el nombre Bolivia en una misiva al Libertador. Sería suya la expresión: "De Rómulo, Roma; de Bolívar, Bolivia". El inédito nombre supuso un cambio importante para sus habitantes, aunque quedaba un largo trecho para que el gentilicio boliviano fuera adoptado. Aún hoy, la inclusión política es un desafío pendiente.

La feminización del nombre de Bolivia

El Cóndor de Bolivia, primer periódico oficial, fundado en 1825, fue el que empezó a publicitar el neologismo Bolivia, introduciéndolo en el lenguaje común. La prensa internacional, como la Gaceta de Colombia, también saludó a la nueva República y a otras naciones americanas, asociando su nacimiento al de vírgenes en el continente: "... en este [siglo] admiramos con entusiasmo el aumento de la familia de las naciones. Hija de la victoria, de la libertad y de la gratitud, la República Bolívar ha nacido el 6 de agosto de 1825, aniversario de Junín y víspera de la famosa Boyacá..., prosperidad sin límites a la República Bolívar, la más joven de las vírgenes de América". Bolívar declaró a Bolivia su hija predilecta en el discurso al Congreso Constituyente de 1826.

Con el tiempo, el nombre de Bolivia se divulgó en el concierto internacional en clave femenina. En 1883, el historiador Luis Subieta Sagárnaga observó que "este nombre agradó tanto a los colombianos y venezolanos que muchos de ellos hicieron bautizar a sus hijas con él, y no fue poca la sorpresa de la Embajada boliviana presidida por el Dr. Modesto Omiste cuando, en las fiestas del Centenario del Libertador, en Caracas, le fueron presentadas las señoritas Bolivia Quiñones, Bolivia Samper, Bolivia Torres Caicedo y otras muchas damitas más".

El nombre de Bolivia como una alegoría política

Los nombres de Bolívar y Bolivia representan una alegoría temporal del renacimiento político en América. El nombre de Bolivia perpetúa el del Libertador pero con una variante, con un sello propio. La conversión del nombre de República de Bolívar en Bolivia supone el desplazamiento de la masculina figura napoleónica del Libertador Bolívar a la femenina y virginal Bolivia. Se convierte a Bolivia en un nombre femenino y se le asocia la virtud republicana compartida por otras jóvenes naciones del continente.

Es una alegoría de la fundación nacional, aunque no expresaba aún la integración de las mujeres en la construcción nacional. Por ejemplo, la guerrillera Juana Azurduy de Padilla, una figura continental de la independencia, tras varios años de lucha guerrillera y exilio, no fue parte de la Asamblea Deliberante, como tampoco lo fueron sus compañeras, las amazonas del Batallón Leales. En Bolivia, la lucha por la independencia tuvo una gran participación popular con una contribución descollante de las mujeres. Pero en el momento de la fundación de la República criolla, las mujeres y los indígenas estaban casi totalmente excluidos del ejercicio ciudadano.

Hoy, Bolivia experimenta un nuevo horizonte de construcción nacional. Hay cambios importantes en la configuración estatal y en la integración de mujeres e indígenas. La Constitución aprobada en 2008 mantiene el femenino nombre para el nuevo Estado Plurinacional de Bolivia. El tiempo dirá cuán profundo es este "renacimiento" político, pero sin duda se viven tiempos de grandes y profundas reformas de la sociedad y del país.