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REPORTAJE

Los enigmas de Colón cumplen 500 años

Varios lugares se disputan el paradero de sus restos en vísperas del aniversario de su muerte.

SANTIAGO PÉREZ DÍAZ
DOMINGO - 14-05-2006


Cinco siglos después de su muerte, que se cumplen el próximo sábado, Colón sigue siendo una personalidad polémica por los enigmas que encierra su figura. Hasta el siglo XIX, la época por excelencia de románticos y nacionalistas exaltados, Cristóbal Colón no cobró importancia. Fueron ellos los que se inventaron un Descubridor de América que, en buena parte, no respondía a la realidad.

Fue un hombre polémico en vida y tras su muerte, incluso hoy día. Varios lugares se disputan celosamente el privilegio de acoger sus restos, sobre todo Sevilla y Santo Domingo. Fue enterrado en Valladolid y a los tres años se trasladó el cadáver a la Cartuja hispalense. El propio navegante expresó el deseo de que llevaran su cuerpo a la catedral de Santo Domingo, cosa que se hizo en 1544. En 1795, el arzobispo, por razones políticas del momento, evacuó todo lo que pudo a la catedral de La Habana, incluida una caja que contenía los restos de Colón. Pero en 1877, unas reparaciones en el templo dominicano sacaron a la luz una nueva caja con una inscripción en la que se afirmaba que se trataba de los restos del almirante. Tras el desastre de 1898, los huesos de La Habana fueron a parar a Sevilla. Parece que las pruebas de ADN realizadas en la ciudad hispalense van a confirmar que son despojos de Colón.

Lo más probable es que las dos cajas contengan parte de los restos, debido a que el traslado a la capital cubana se hizo con prisas. De Santo Domingo se enviaron fragmentos de huesos al Vaticano, Pavía y Caracas. Lo que está documentado es que Colón falleció el 20 de mayo de 1506 en Valladolid, y que fue enterrado en la capilla de Luis de Cerda del convento de San Francisco, edificio derruido en 1837, y que unos expertos han precisado que se encontraba en lo que hoy es la Constitución, a escasos metros de unos grandes almacenes.

El navegante se había empeñado en llegar a Asia por el occidente, pensando que sería un camino mucho más corto que pondría a disposición de su patrocinador las especias y las riquezas de China y las islas Molucas. ¿Qué datos e informaciones poseía el marino genovés y dónde los había obtenido? Desde luego, ignoraba la existencia de un continente nuevo y desconocido que, con el tiempo, no llevaría su nombre, sino el de otro navegante más modesto, al servicio de la Corona castellana, llamado Américo Vespucio. Posiblemente los obtuvo de su suegro, Diego Perestrello, marino establecido en Portugal que, al morir, le legó una abundante documentación. También se maneja la hipótesis, con un punto de fantasía, de que un aventurero había llegado por casualidad a las costas de allende el Atlántico y murió a su regreso, no sin antes confiar el secreto a Colón. Juan Eslava Galán afirma, en su libro El enigma de Colón y los descubrimientos de América, que el proyecto no tenía fundamento científico y estaba plagado de errores, pero se basaba en dos datos aproximados: el conocimiento de la distancia a la que se encontraban las tierras y la ruta que había que seguir para alcanzarlas.

Como señala Peter Watson refiriéndose al descubridor en Ideas. Historia intelectual de la humanidad, la era moderna desconoce la experiencia medieval de adentrarse en lo desconocido, si exceptuamos los viajes espaciales; hizo gala de algo que se valoraba mucho en la sociedad posmedieval y prerrenacentista: la curiosidad intelectual.

Se ha tratado de restar importancia a su hazaña argumentando que, antes o después, otro habría hecho lo mismo. Pero, como dice Hugh Thomas, lo que ahora parece inevitable, entonces no parecía ni siquiera probable, y así lo certifica el rechazo que tuvo aquel proyecto en las cortes europeas, hasta que los Reyes Católicos decidieron darle crédito tras varios años de espera. Todos lo habían tachado de chiflado. Lo malo es que, ironiza Felipe Fernández-Armesto en su biografía, contagió a otros esa chifladura, que ha quedado plasmada en hipótesis disparatadas.

Por fin llegó a una de las islas Bahamas, que él siempre creyó que eran la antesala de Asia. Y, precisamente, éste es otro de los puntos oscuros de su vida; no se ha podido determinar con exactitud el punto exacto ni a cuál de las islas arribó. Existen cuatro monumentos que reclaman la gloria de haber sido el escenario en el que fondearon las dos carabelas y la nao.

También ha sido notable la disputa entre los países y ciudades que en los últimos 150 años reclaman ser su cuna natal. No queda ninguna duda de que nació en Génova en torno a 1451 y de que era hijo de un tejedor. Es verdad, no obstante, que se expresaba mejor en castellano y latín que en italiano, lengua que no dominaba del todo. Los genoveses tenían su propio dialecto, muy alejado del italiano literario, y que no se utilizaba en la escritura.