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El colombiano Juan Gabriel Vásques, afincado en Barcelona, gana el XIV Premio Alfaguara 2011

El escritor bogotano obtiene el galardón por 'El ruido de las cosas al caer'. La novela narra la amistad entre dos hombres de distintas generaciones con el trasfondo de la convulsa historia reciente de Colombia

JAVIER RODRÍGUEZ MARCOS Madrid - 21/03/2011
El País

El Premio Alfaguara ha recaído este año en uno de los jóvenes autores en lengua española cuya obra más unanimidad ha despertado en los últimos tiempos: el colombiano afincado en Barcelona Juan Gabriel Vásquez. Nacido en Bogotá en 1973, Vásquez ha obtenido el galardón por El ruido de las cosas al caer, una novela que el jurado ha presentado como "un negro balance de una época de terror y violencia", en una capital colombiana "descrita como un territorio literario lleno de significaciones". Para ese balance, el novelista se vale de los recuerdos y peripecias de Antonio Yammara, empezando por la "exótica fuga y posterior caza de un hipopótamo, último vestigio del imposible zoológico con el que Pablo Escobar exhibía su poder". Al dubitativo Yammara se suma la figura de Ricardo Laverde, un antiguo aviador de tintes faulknerianos que ha pasado 20 años en la cárcel y que, en cierto sentido, representa a la generación de los padres del protagonista.

"Un premio como este me sirve para mantenerme firme en mi idea de la literatura", ha señalado el galardonado por videoconferencia. El jurado de la XIV edición del Premio Alfaguara -dotado con 175.000 dólares (133.306 euros)- ha estado presidido por Bernardo Atxaga y compuesto por el escritor venezolano Gustavo Guerrero, la librera madrileña Lola Larumbe (de la librería Rafael Alberti), la actriz Candela Peña, la narradora y directora de la Casa de América de Madrid Imma Turbau, y Juan González, Director Global de Contenidos de Ediciones Generales de España y América.

Juan Gabriel Vásquez, que amplió estudios en París antes de instalarse en Barcelona en 1999, había publicado dos novelas de (extrema) juventud cuando dio a conocer su obra madura (publicada íntegramente en Alfaguara) con el libro de relatos Los amantes de Todos los Santos (2001). Le seguirían las dos novelas que le han consagrado como uno de los grandes escritores de su generación: Los informantes (2004) e Historia secreta de Costaguana (2007). Si las versiones originales cosecharon los elogios de escritores como Mario Vargas Llosa, Juan Marsé, Javier Cercas o Enrique Vila-Matas, sus traducciones fueron ponderadas por, entre otros, John Banville y Colm Toibin. Vásquez es también autor de la brillante recopilación de ensayos sobre literatura El arte de la distorsión (2009).

Hasta el momento han obtenido el Premio Alfaguara de Novela: Caracol Beach de Eliseo Alberto y Margarita, está linda la mar de Sergio Ramírez (ambos ganadores de la primera edición), Son de Mar de Manuel Vicent, Últimas noticias del paraíso de Clara Sánchez, La piel del cielo de Elena Poniatowska, El vuelo de la reina de Tomás Eloy Martínez, Diablo Guardián de Xavier Velasco, Delirio de Laura Restrepo, El turno del escriba de Graciela Montes y Ema Wolf, Abril rojo de Santiago Roncagliolo, Mira si yo te querré de Luis Leante, Chiquita de Antonio Orlando Rodríguez, El viajero del siglo de Andrés Neuman y El arte de la resurrección, de Hernán Rivera Letelier.

Difusión intercontinental

Todos ellos tuvieron una difusión intercontinental y presentaron sus obras en casi todos los países de habla hispana a lo largo del año de promoción. El éxito de sus obras se ha reflejado también en las traducciones contratadas a otras lenguas y en el interés que ha mostrado el cine en algunas de ellas, como la película Son de Mar, dirigida por Bigas Luna y basada en la novela homónima de Manuel Vicent.

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ENTREVISTA: XIV Premio Alfaguara JUAN GABRIEL VÁSQUEZ Escritor

"La novela ha sido empujada a los márgenes de la sociedad"

CARLES GELI - Barcelona - 22/03/2011
El País

Mirada lejana depositada en el fondo de unos estantes; cabellos obligados a ir lentamente hacia atrás, hacia una trastienda de donde parecen salir también las meditadas respuestas; breves sorbos de cola sin azúcar. Así afrontaba ayer en Barcelona Juan Gabriel Vásquez (Bogotá, 1973) las primeras ajetreadas horas tras saberse ganador del XIV Premio Alfaguara de Novela con El ruido de las cosas al caer, que aparecerá en mayo. Jersey y americana oscuros, sin prisas, a la antigua usanza; exactamente igual que entiende la función de la novela.

Pregunta. Tercera novela suya tras las ya elogiadas Los informantes e Historia secreta de Costaguana y un premio de esta magnitud. Trayectoria intensa...

Respuesta. Bueno, tercera novela oficial. Tengo otras dos que hice cuando tenía 23 y 25 años en Colombia, pero las eliminé.

P. ¿Y eso? ¿Cuáles son?

R. Prefiero no decirlo. Eran novelas de aprendizaje; quiero que nadie las recuerde.

P. ¿Puede pedir eso un escritor? ¿Tiene derecho sobre eso?

R. No sé; en cualquier caso me gustaría que me dejaran olvidar esa parte de mi pasado. Me tomo ese derecho.

P. ¿Qué ruido hacen las cosas al caer?

R. Eso está vinculado al personaje que conoce el protagonista, expresidiario, en cuya vida ha habido muchos aviones que han caído accidentalmente. Son casos reales. Luego el título tiene una densidad metafórica, claro: cómo cae la vida de la gente, sus proyectos familiares y todo en un país dominado por la droga y su mundo de terror como era Colombia.

P. La novela arranca con la caza del hipopótamo que huyó del zoológico que intento montarse el capo de la droga Pablo Escobar.

R. Es uno de los momentos en los que nació en mí la novela: estando en Barcelona me enteré del episodio y me percaté de que con él cerraba una etapa de mi vida, dejaba de preocuparme por si alguien se retrasaba 10 minutos en una cita, un periodo de convivir con el miedo y la angustia, de saber dónde estaban todas las cabinas de teléfonos para, por si estallaba una bomba, llamar en seguida a casa para decir que estaba vivo. Mi generación es contemporánea al estallido del tráfico de drogas. Hemos compartido generación con este negocio: ¿qué implica eso, cómo se crece acostumbrado al miedo, con esa sensación del falso control sobre tu vida..? Eso se plantea el protagonista, cuando mira a su mujer y a su hija...

P. Pero usted hace ya 13 años que marchó de Colombia.

R. Sí, sí, pero ha sido como volver a la casa que abandonaste para cerrar una puerta que habías dejado abierta; también ha influido que me he casado y he tenido dos hijas. Lo de los hijos es, entre otras cosas, descubrir una gama de miedos desconocidos.

P. Esta novela vuelve a ser un motivo para responder preguntas sobre la vida.

R. Sí, sigo viendo la novela como la mejor herramienta para entender el mundo, para iluminar zonas oscuras de la vida aunque sé que eso no está hoy en el centro de la literatura ni del mundo.

P. ¿A pesar de haber recibido un premio como este?

R. Sí. La novela ha sido empujada a los márgenes de la sociedad y la atención mediática que recibe no es proporcional: se suele dirigir a obras o aspectos que no tienen nada importante que decirnos sobre quiénes somos y por qué estamos como estamos. Poco a poco, la comprensión del mundo ha dejado de ser verbal...

P. Su propuesta no es la que sigue la mayoría de su generación. ¿Se siente solo?

R. Tanto como solo..., pero sí tengo vínculos más claros con los escritores de la década anterior, los de los sesenta... Sí, más cerca de Javier Cercas o Alan Pauls que de otros; de los míos, quizá con Mathias Enard. Su Zona es ya una de las grandes novelas de mi generación... Soy un anacronismo; me quedo con Conrad, como puente entre Flaubert y Joyce; aún creo en el lenguaje despegado de la dictadura de la imagen demasiado viva hoy. Y tengo fe en los personajes, seres con muchas aristas, sin ese descreimiento moderno de hoy. Creo a ciegas que el destino individual de alguien que no existe puede decirnos mucho sobre nosotros.

P. Bella razón de la novela...

R. Esa teoría seguro que es motivo de risa, cuando lo lean, en otras escuelas literarias actuales. ¿Sueno a abuelo cansado?

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TRIBUNA: J. ERNESTO AYALA-DIP
El País

El fervor de Juan Gabriel Vásquez

Entre el 2004 y el 2007, el escritor colombiano afincado en Barcelona Juan Gabriel Vásquez publica dos novelas que se ganan inmediatamente el fervor (una palabra muy borgiana, por cierto) de la crítica. Se trata de Los informantes y Historia secreta de Costaguana. Hay libros que gustan y otros que despiertan en uno un casi inexplicable fervor. Sin desatender para nada el valor literario de la primera novela, con su estructura impecable y esa historia casi secreta de la autoridades colombianas persiguiendo nazis y por extensión a todo alemán (incluso judíos alemanes) que se pusiera a tiro durante la administración de Edurado Santos en connivencia con el Gobierno de Roosvelt durante la segunda guerra mundial, sabiendo el acierto de Vásquez al concebir de esta manera un tipo diferente de novela política en el contexto de las novelas políticas que se escriben en Latinoamérica, este crítico expresó su fervor por un libro de cuentos, probablemente el mejor libro de cuentos que se publicó en español el año 2008. Me refiero a Los amantes de Todos los Santos. Los siete relatos que lo componen son seda pura, lo son por el arte de imaginar sus historias y por el no menos difícil arte de plasmarlos mediante una escritura que termina siendo a la postre su carne y su alma.

Juan Gabriel Vásquez se ha declarado alguna vez admirador de dos novelas capitales de Philip Roth: Pastoral americana y La mancha humana. Le interesan estas novelas porque de alguna manera plantean algunos de los grandes enigmas de la vida contemporánea de Estados Unidos: enigmas privados que conducen irremediablemente al corazón de los problemas públicos americanos. Así se entiende el hecho de que acometiera Los informantes. Se cita a Hemingway, a Auster, a Borges, buscándole afinidades. Habría que sumar a Conrad, al que dedicó una biografía.

Vuelvo al libro de mi fervor por la literatura de Juan Gabriel Vásquez. Los amantes de Todos los Santos. Esos siete cuentos que nos ponen ante la culpa y el sentimiento de extrema soledad. Me importa ahora recordar la experiencia de intensidad narrativa que experimenté con su lectura. Y la sensación de eso que se suele llamar madurez artística. Un tópico seguramente, pero que como los buenos tópicos nos allana el camino de la admiración impostergable. Pocas veces leyendo un relato, como el que presta título al volumen, sentimos que nos introducen en la atmósfera de una novela corta. Con su misma exigencia sintética y ese misterioso tono para sugerirnos una dolorosa incertidumbre.

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JORGE VOLPI XIV Premio Alfaguara

Intérprete de las tinieblas
El País

Como apasionado lector de Los informantes, de Historia secreta de Costaguana y de El arte de la distorsión, entre otros de sus libros, no puedo sino celebrar el premio a Juan Gabriel Vásquez. Aunque es un poco menor que yo y acaso pertenece a una promoción distinta de la mía, he tenido oportunidad de seguir su trabajo desde hace más de 10 años. Y, si algo he admirado en él desde el principio, ha sido su coraje narrativo y su voluntad de reflejar, con una escritura pulcra y ambiciosa, los desafíos que enfrenta el individuo frente a las aplastantes fuerzas de su tiempo.

n su caso, resulta ya inútil decir que la vieja distinción entre lo universal y lo local carece de relevancia. E incluso ha llevado esta consigna al extremo, atreviéndose a retratar la selva tropical sin necesidad ni de imitar ni de oponerse a García Márquez, a quien, en un brillante artículo, elogió como un autor realista. Su Colombia, donde no vive desde hace una década, nada tiene de exótico: es un territorio tan abismal, enrevesado y terrible (o fantástico) como Nueva York, París y Londres (o el Congo). Como muchos de sus coetáneos, Vásquez no ha necesitado liberarse del yugo del realismo mágico: lo ha subvertido con la ambigua contundencia de sus protagonistas sin renunciar a un estilo musical y expansivo. Pero a diferencia de la mayoría no ha esquivado la disección social en aras del aura supuestamente apolítica de su generación, sino que en cada libro se ha sumergido a fondo en los dilemas éticos que agobian a sus personajes. Con lucidez y sin estridencias, ha explorado un escenario en apariencia tópico, le ha arrancado brutalmente todos sus clichés y lo ha exhibido, drástica y minuciosamente, con una nueva luz. Es, sin duda, uno de los escritores que, sin parecer ya latinoamericanos, mejor han sabido internarse en las tinieblas de América Latina.

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HÉCTOR ABAD FACIOLINCE XIV Premio Alfaguara

Un verso envidiable como aperitivo


HÉCTOR ABAD FACIOLINCE 22/03/2011
EL País

Hace muchos años, cuando Juan Gabriel Vásquez no había publicado ningún libro todavía, y cuando ni siquiera nos conocíamos personalmente, tuvo la gentileza de prestarme el pequeño apartamento donde vivía en París. Un amigo suyo de entonces, Santiago Gamboa, le había explicado que a mí no me sobraba la plata, y que como él estaba de viaje por la India, tal vez me lo podía dejar por tres o cuatro días. Así fue.

Es muy raro invadir el espacio privado de un colega. Quieras o no, por muy prudente que seas y por muy poco que quieras ver, algo ves. Sin husmear, uno husmea. Además, la casa de Vásquez no estaba preparada para ninguna visita. Había dejado todos sus papeles a la vista, como alguien que se muere de repente. Un cuaderno escrito a mano (abierto), con las reflexiones de la última página. Un cuento impreso, que leí, pero que yo pensé que sería alguna traducción suya de algún buen escritor belga, y que luego leí publicado en uno de sus primeros libros...

Me impresionó el orden y la precisión de las palabras. Me impresionó la obsesión por el oficio, en alguien que tenía muchos menos años que yo, y que todavía no había tenido ese bautizo de sangre y de fuego que es publicar el primer libro. Los libros que leía, en varias lenguas distintas (algunos serían luego incluso traducidos por él), estaban también escogidos con un gusto certero, impecable. Lo último que me llamó la atención fue su vecina. Al mediodía, sin falta, llegaba una rubia despampanante a la terraza de un apartamento que se veía desde su ventana. Allí la rubia se quitaba la ropa, se echaba en una tumbona a tomar el sol como Alá la trajo al mundo, y, lo más misterioso, durante todo el tiempo se chupaba el dedo pulgar con una voracidad de caníbal. De esos libros, de esas palabras, de ese orden y también de esas visiones se nutría la vida de Juan Gabriel Vásquez en París, su vida de estudiante y futuro escritor que se sabía ya escritor.

Desde entonces comprendí, sin haber leído nada suyo (solo esas dos páginas en el diario o cuaderno que había dejado abierto como una tentación, solo ese cuento "belga") que llegaría a ser un gran escritor. El gran escritor que luego demostró ser, primero con Los informantes y luego con Historia secreta de Costaguana. Sus novelas combinan una extraordinaria precisión de palabras con historias armadas a la perfección y además con una complejidad ética y vital nada comunes en la actual literatura hispanoamericana. La armazón se manejaba con la habilidad técnica de los mejores escritores ingleses, y quizá también con la muy sana influencia de Vargas Llosa.

No he tenido el gusto de leer todavía la novela que acaba de ganar el premio Alfaguara. Solo su título es ya un verso envidiable, impecable: El ruido de las cosas al caer. Solo con esta tapa, con este aperitivo, y con la misma intuición que tuve hace ya muchos años en París, estoy seguro de que será una gran novela. Una larga experiencia me lo dice: de Juan Gabriel Vásquez uno puede esperarse siempre lo mejor.