Investigamos y promovemos el acercamiento entre las culturas catalana y americanas, dándolas a conocer al público en general.

Vínculos de amor y odio con España




Los “gallegos”, esa parte intensa de nuestra vida

Primero, los españoles fueron enemigos. Más tarde, fuerza de trabajo, inyección de talento, blanco de humoradas y hasta destino de amparo. Presencias diversas pero permanentes.

En la canción patriótica compuesta por Vicente López y Planes y Blas Parera en 1813 España era fiero opresor, tigre sediento de sangre, león rendido a las plantas de la nueva y gloriosa nación. Era el enemigo. En los proyectos que cimentaron la construcción del Estado argentino, España era la imagen misma de la decadencia y el atraso y sus rústicos habitantes estaban desprovistos de las cualidades de excelencia que Juan B. Alberdi atribuía a los hombres laboriosos de la Europa protestante. Entre los pioneros de la modernización hubo, no obstante, españoles de talla legendaria como Carlos Casado del Alisal o Rafael Calzada. Los anónimos no fueron invitados pero vinieron centenas de miles, huyendo del hambre y la persecución política o soñando hacer fortuna. La mayoría prefirió las ciudades porque la lengua era una ventaja a la hora de buscar empleo en los servicios propios de la vida urbana. Fueron los “gallegos” nobles pero irremediablemente brutos del estereotipo consagrado por la literatura costumbrista y el género chico teatral.

Cruzaron el Atlántico republicanos y anarquistas que buscaban refugio político o un horizonte que imaginaban propicio para proyectos transformadores y utopías revolucionarias. El Estado argentino necesitaba legos de todo tipo y entre los expatriados hubo profesionales o meros expertos en alguna disciplina que ocuparon cargos expectantes en la administración de justicia y en la educación pública. Con ellos comenzaba, lentamente, el reencuentro con España. Serafín Alvarez y Juan Bialet Massé propusieron, por ejemplo, resolver los problemas políticos y sociales de la Argentina moderna con principios socialistas tomados de la legislación colonial indiana y de muy antiguas tradiciones de gobierno de la península ibérica. Bialet Massé, el autor del monumental Informe sobre el estado de las clases obreras en el interior de la República (realizado para el mismo gobierno que promulgó la ley que habilitó la expulsión de españoles anarquistas o sospechados de serlo), apelaba al “socialismo indiano”.

La guerra de independencia de Cuba movilizó a los españoles, que reclamaron modificar el Himno Nacional argentino en reconocimiento de la situación creada por la inmigración masiva. El gobierno dispuso despojar a la canción patriótica de 1813 de las estrofas que hablaban de “los gritos de venganza, guerra y furor proferidos contra el altivo y vil invasor que con infamia a la fuga se dio”. Intelectuales y hombres de gobierno descubrían, en tanto, en la lengua castellana, una barrera para las ambiciones imperialistas norteamericanas desnudadas por la Guerra de Cuba y un arma contra las aún más inquietantes proyecciones sociales y culturales del cosmopolitismo.

La presencia de la Infanta Isabel de España en las celebraciones del primer Centenario de la Independencia realizadas en Buenos Aires, la ciudad con mayor número de españoles después de Madrid y Barcelona, consagró la unión de los antiguos enemigos. La Guerra Civil Española dividió a la comunidad española y conmovió a la sociedad argentina, que siguió los avatares cotidianos del conflicto a través de periódicos e informativos radiales. Los más comprometidos se sumaron a las brigadas internacionales que combatieron en el frente republicano. Crítica, el diario más vendido de la Argentina, hizo suya la causa republicana y los seguidores de Francisco Franco contaron con el favor de los sermones de la misa dominical. La guerra civil descubrió otra España. Una España de “gallegos” heroicos e idealistas.

El fin de la guerra civil trajo una nueva oleada inmigratoria. Vinieron con ellos los artífices de la etapa dorada de la industria editorial argentina y artistas que renovaron la escena teatral y cinematográfica. El mítico viaje de Eva Perón a la empobrecida España de la posguerra consagró el establecimiento de un lazo político entre los gobiernos de los dos países. Lazo que permitió que Perón pasara sus años de exilio en una residencia madrileña que fue punto de peregrinación para la generación de jóvenes que haría de su retorno una bandera política. El inicio de la última dictadura argentina provocó una inversión en los términos del vínculo establecido a mediados del siglo XIX. Los perseguidos políticos de la Argentina encontraron refugio en la España que acababa de enterrar a Franco y a su larguísima dictadura. La oscura España alberdiana se convirtió en un luminoso modelo político y el Pacto de la Moncloa forma parte desde entonces del lenguaje político del común de los argentinos. La cultura de la transición española iluminó a su vez la angustiosa cotidianidad de los argentinos que lloraban en cines abarrotados de público con el monólogo de “Solos en la madrugada”. Y la vida de los que esperaban que el fin de la dictadura provocara un destape liberador.

La crisis económica que sobrevino a la crisis política de las postrimerías de 2001 completó la inversión de los términos vinculares. Decenas de miles de argentinos eligieron probar suerte en España porque contaban con la nacionalidad de sus ancestros “gallegos”. Otros, porque la próspera nación del Mercado Común Europeo ofrecía una posibilidad de futuro que la Argentina escatimaba. La suerte corrida por los emigrantes fue, como antaño, diversa. Están los que viven muy bien y los que apenas sobreviven en la España de la crisis. Están también los que no lo lograron y emprendieron el camino de vuelta, como lo hiciera la mitad de los españoles que llegó a la Argentina durante los años de la inmigración masiva.

Los doscientos cincuenta mil españoles que residen actualmente en nuestro país y la cifra ligeramente menor de compatriotas que vive en España hablan de la vigencia de un vínculo fundado en una historia con largos tramos compartidos; en las raíces “gallegas” de una parte sustantiva de los argentinos y en la presencia de una sólida red de entidades comunitarias, económicas y culturales. Las sedes porteñas de los principales partidos políticos españoles lo prueban.