Investigamos y promovemos el acercamiento entre las culturas catalana y americanas, dándolas a conocer al público en general.

El archivo fotográfico de Sert sale a la luz

Teresa Sesé
La Vanguardia


Recreaba escenas con figuras de belén, juguetes, animales disecados, caracolas... El pintor tomaba imágenes de los teatrillos para realizar los bocetos posteriores Las fotografías pertenecían al álbum de su ayudante, Leonard Manzini

Las espaldas ligeramente cargadas. Cráneo inolvidable: calvo, barba, sal y pimienta, color general rubio espeso con un reflejo de zanahoria, facciones un poco voluminosas, llenas, rebosantes de avidez y vitalidad, una mezcla rara, como pocas veces me ha sido dado ver en un hombre, de cazurrería, de refinamiento, y de agudeza, de sensualidad, de curiosidad y de ordinariez. He aquí un tipo –pensé in mente– que vale realmente la pena”, escribió Josep Pla, a propósito de Josep Maria Sert (Barcelona, 1875-1945), en uno de sus homenots. Pla lo había visitado en 1920 en su taller de la calle Barbet de Jouy, en París, apenas unos meses antes de que se trasladara definitivamente al que el pintor mandó expresamente construir en Ville Ségur, mucho más amplio. Aun así, Pla exclama: “Tras cruzar un pequeño hall se entraba en un gran tinglado de cristales en el que hubieran cabido dos docenas de talleres de pintores corrientes de París. ¡Impresionante taller!”. Luego se detiene en una descripción minuciosa de lo que allí ve, consciente de ser uno de los poquísimos escogidos a los que Sert abrió las puertas de su estudio. Un mundo celosamente guardado que ahora, gracias al hallazgo del archivo fotográfico del que fuera su modelo, el italiano Leonard Manzini, deja a la intemperie no sólo el fascinante proceso de trabajo de Sert, sino también su asombrosa modernidad como fotógrafo.

Sert abandona Barcelona en 1889 y viaja a París. Tiene 25 años, es rico, así que se permite instalarse en el lujoso estudio-vivienda al que aludía Pla, y el éxito se le aparece a la vuelta de la esquina. Recibe numerosos encargos de aristócratas de la época, y en la década de los veinte inicia un ritmo de trabajo trepidante. La catedral de Vic, de la que hizo el motivo central de su vida artística, el Waldorf-Astoria de Nueva York... Se dice que a lo largo de su vida su producción sobrepasaría los 7.000 metros cuadrados. ¿Cómo acometía tales empresas? Sert contaba, por supuesto, con un ingente equipo de ayudantes y colaboradores. Pero utilizaba además un método insólito. Antes de coger el pincel, construía delirantes escenografías en las que recreaba las escenas que imaginaba con la ayuda de figurillas de belén, animales disecados, juguetes, caracolas, maderas, objetos de desecho, maniquíes de madera ataviados con vestidos estrafalarios –tenía una costurera que se encargaba específicamente de este trabajo–, libros, abalorios y exóticos souvenirs, figuras de porcelana... Teatrillos por los que campaban a sus anchas princesas y trombonistas negros, enanos y forzudos, campesinas y saltimbanquis, monjas y piratas, acróbatas, castellers y vengadores de la patria. Una vez satisfecho del resultado, el artista tomaba fotografías que serían la base para la realización de los bocetos y maquetas posteriores.

“Son fotografías de una extraña belleza que explican su método de creación, basado en un continuo transformismo, y que de alguna manera recuerdan movimientos artísticos que vendrían después, como el dadaísmo o el arte povera”, apunta la historiadora María del Mar Arnús, comisaria de la exposición Josep Maria Sert. L’Arxiu fotogràfic del model, que el próximo jueves abre sus puertas en Arts Santa Mònica. Se trata de un conjunto extraordinario –la mayoría inédito– que perteneció a Leonard Manzini y que un coleccionista catalán adquirió en una subasta. Pero ¿quién era el tal Manzini? Lo vemos una y otra vez en las imágenes adoptando posturas imposibles, replegando su cuerpo desnudo para un estudio sobre Los triunfos de la humanidad, el mural del vestíbulo del Rockefeller Center de Nueva York, manteniendo el equilibrio apoyado sólo en el codo izquierdo y con la pierna derecha apuntando al cielo o encaramado en una cruz, prefigurando del Cristo de la capilla del Palacio de Liria, la residencia madrileña de los Alba. Poco más se sabe de él. Ayudaba a Sert en el laboratorio fotográfico, en el taller de carpintería –donde construían las maquetas para situar los grandes murales en su contexto, acomodarlos a su arquitectura y dimensiones–, en la preparación de pinturas y, también, posando como modelo.

“Sert es un artista muy conectado a su tiempo, muy aficionado a la fotografía –a menudo iba provisto de una cámara–, que se sirve de ella para agilizar las durísimas sesiones de pose y al mismo tiempo como método de estudio, para conocer la expresión del cuerpo, la perspectiva...”, añade la especialista María del Mar Arnús, quien junto a su marido, Francisco de Sert, conde de Sert, ya comisarió la gran exposición de 1987 que se inauguró en el palacio de Velázquez del Retiro de Madrid y al año siguiente viajó a las Reials Drassanes de Barcelona. Algunas de estas fotografías pudieron verse entonces, aunque de manera muy residual.

En su biografía sobre el artista, El mundo de José María Sert (Anagrama), Francisco de Sert, sobrino del pintor, ya advierte de su afición a la fotografía, que practicaba también en su vertiente de coleccionista: “Los viajes fueron para Sert una necesidad, fruto mayormente de su curiosidad por todo, curiosidad fundamentalmente visual. De ahí su pasión por la fotografía”. Y también de la singularidad de su taller, “heredero de los grandes maestros del pasado, al mismo tiempo moderno, al incorporar la fotografía, sin desdeñar ninguno de los adelantos del siglo en la fase previa a la realización de la obra”. Para la comisaria, estos trabajos fotográficos , su belleza formal y la audacia de los encuadres, los picados, la fragmentación de los cuerpos “nos revelan una modernidad experimental que contrasta con el anacronismo de los temas de sus pinturas (religiosos o alegorías universales) y descubren a un artista mucho más importante y de lo que pensábamos”.

Como muchos pintores, Sert no utilizó la fotografía como materia artística en sí misma. Recreaba y construía a través de ella sus fantasías, pero sin duda le ayudó a “configurar una nueva forma de ver”, apunta por su parte el especialista Juan Naranjo. La galería Michèle Chomette de París ya realizó en el 2009 una exposición sobre el Sert fotógrafo, pero centrada únicamente en sus estudios con modelos. Lo que ahora se muestra en Santa Mònica es una parte de las 150 imágenes que conservaba Manzini.

“Sert fue el último gran pintor del siglo XX caído en desgracia, de la fama al olvido”, opina Vicenç Altaió, el director del centro, que señala la enorme complejidad del artista y sus contradicciones con el tiempo que le tocó vivir. Considerado uno de los grandes muralistas del siglo XX, caminó siempre al margen de las vanguardias, pero se casó con una de sus musas –Misia Godebskaba– y mantuvo una estrecha amistad con Proust, Colette, Valéry, Gide y Cocteau. Trabajó para los grandes aristócratas de la época (Rockefeller, Thyssen o la princesa de Polignac). Coqueteó con las drogas e hizo de la Catedral de Vic el motivo de su vida artística (ardió tres días después de iniciarse la guerra y no cesó en su empeño hasta verla reconstruida en 1945, año de su muerte); convirtió el Mas Juny en el escenario más cosmpolita de la Costa Brava (por ahí pasaron desde Coco Chanel o Marlene Dietrich o Paul Morand) y tuvo una intensísima vida amorosa. Cuando murió, llevaba colgada al cuello su amuleto: una gruesa cadena de oro con la inscripción ferroviaria: “E pericoloso sporgesi”.