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La Nueva York de Pla

A los 30 años de su muerte, su viaje a la Gran Manzana es una guía de usos y costumbres

Francesc Peirón | Nueva York
La Vanguardia

Un curioso como Josep Pla, gran viajero internacional pese a tocarse con boina, dejó escrita su primera emoción. “Me doy cuenta de que hoy es el día de mi vida que he visto más cosas”.

¿Qué le había pasado, dónde y cuándo? Sucedió el 19 de agosto de 1954, horas después de desembarcar en Hoboken, en Nueva Jersey, y adentrarse en la jornada inicial de su visita por Nueva York. Desde el Guadalupe, el barco con el que había zarpado del puerto de Cádiz 16 días antes, ya atisbó los rascacielos de la parte baja de la isla de Manhattan –“un manojo fantástico de espárragos”– que le cautivaron.

“Es una impresión de fuerza humana radiante y espléndida, en la que se mezcla la imposibilidad de hacer comparaciones (viniendo de Europa) y una sensación de belleza fría, geométrica, mecánica y esbelta... Deja el espíritu en un estado de viva curiosidad y, al mismo tiempo, un poco disminuido por tanta grandeza”.

Instalado en el observatorio del puente de la nave y entusiasmado por su periplo americano, ya manifiesta su ironía y su capacidad crítica a partir de eso que tanto hizo, “escribir sobre las cosas que he visto”. Cuenta que una mujer, a modo de guía, lee a un grupo de pasajeros un retazo del New York de Paul Morand, “los rascacielos, unos recuerdan templos del Sol y otros recuerdan la pirámide azteca de la Luna”.

Su comentario es airado. “¡Válgame Dios!, pienso, ¿de dónde ha sacado este señor semejantes tonterías?”. Él aporta otra descripción, materia en la que a lo largo de su extensísima obra demostró su dominio y maestría.

“Las verticales de Nueva York no son formas simbólicas ni mágicas, ni cósmicas, ni naturalísticas. Se encuentran, por contra, dentro de lo que pueda tener de más occidental la geometría. Las verticales de Nueva York son el anti Gaudí”.

Todas estas ideas le surgen cuando todavía no ha puesto los pies en tierra. De este viaje transatlántico surgió su Weekend (d’estiu) a Nova York (ediciones Destino). Un libro reeditado en 1999 que se puede leer como una guía –todavía muy actual, por sorprendente que parezca, en muchos aspectos– o como un tratado filosófico sobre la decadencia de Europa y su anverso americano. Incluso como una premonición de unos acontecimientos registrados casi medio siglo después de su aventura.

A cualquier lector se le hace presente la sombra de la tragedía del 11-S, hoy la Zona Cero, uno de los principales reclamos turísticos de la ciudad por macabro que suene dicho así. “Yo no sé si Nueva York está preparado para un ataque de la aviación...”, afirma. Y persevera: “Aparentemente, Nueva York, y en general toda el área habitada del estuario del Hudson, presenta una dramática vulnerabilidad. Esta terrible sensación de peligro viene dada precisamente por las construcciones verticales. Uno queda literalmente horrorizado al pensar que uno de estos gigantes se pueda derrumbar. Y bien, en los últimos treinta años se registran las cifras más altas de actividad en esta clase de construcciones”.

Treinta años, los mismos que el pasado sábado, festividad de Sant Jordi y de la literatura, se cumplieron de la muerte de Pla, un hombre al que parecían obsesionarle los edificios altos, o “casas de nubes” para Ford Madox Ford. Tal vez se removió en la tumba aquel día de hace casi una década en la que las Torres Gemelas que él nunca vio en directo se vinieron abajo tras el impacto de sendos aviones comerciales.

Otras cosa que le sorprendería es ver que la presidencia de Estados Unidos la ostenta un ciudadano negro, llamado Barack Obama, hijo de una mujer blanca y un africano. Ahí situaba Pla la barrera de los problemas de convivencia racial en EE.UU.

“Mientras los negros estén en su sitio y los blancos en el suyo, perfectamente separados y diferentes, ustedes se deberán esperar sentados antes de que vean la producción de la catástrofe que el problema negro ha de provocar, según los profetas. El problema se podría empezar a producir el día que los blancos tengan la veleidad de mezclarse con los negros, de romper la separación, sobre todo el día que mezclen su sangre... Mientras haya separación se producirán pequeñas anéctodas insignificantes”.

Seguro que muchos se echan las manos a la cabeza al conocer esta opinión. Y más, una vez registrados los acontecimientos de finales de los años cincuenta y de los sesenta, con Rosa Parks, Martin Luther King, Malcom X y la lucha por los derechos civiles. Pero no faltarán estadounidenses, blancos o negros, que mantengan que, pese a los cambios legales, la sociedad sigue sustentada en dos mundos que conviven paralelos. Desde luego que Pla, al que le fascina la regulación del tráfico neoyorquino mediante luces (semáforos) y que se queda alucinado por la cantidad de coches que hay aparcados en las calles, no disimula su poco aprecio hacia los afroamericanos. Lo evidencia en su visita, de paso, al Harlem negro, del que asegura que no ha ido de noche y “no puedo dar ninguna referencia de las furias nocturnas de los negritos en éxtasis”.

Sostiene que sus manifestaciones folklóricas son obra de “pequeñas minorías”. Es una manera de despreciar al jazz, en su cuna y en su cénit, como desprecia en otras páginas el cine, la televisión o la Coca Cola. “Las grandes ciudades que apreciamos han de tener barrios como éste, al menos para que el turista tenga la ocasión de pasar una tarde o una noche diferentes. Al volver a su pueblo dice que también ha estado en Harlem, cosa que siempre hace efecto”. ¿No suena actual? Sólo cambie la tarde o la noche por las misas gospel organizadas de las mañanas dominicales.

Pero hay que volver al principio. En cuanto pisó el asfalto del nuevo continente, de entrada, su petición a los amigos que le hicieron de guía fue la de visitar el entonces edificio más alto del mundo. “Hemos de ver la geografía y lo mejor sería subir al Empire State Building para tener de la cuestión una idea global y genérica”. Pidió bajar del coche unas cuantas calles antes de llegar al destino, donde, como ahora, tuvo que hacer cola para comprar las entradas que franquean el acceso a la cumbre de 102 pisos. Quiso pasear “para ver alguna americana bonita, auténtica y concreta”.

En ese recorrido le asombra la abundancia de tiendas, de lo que extrae que ha de ser una ciudad “poblada de individualistas y liberales”. Entonces se plantea preguntas. “¿Por qué en Nueva York hay un número irrisorio de catalanes?, ¿por qué son tan escasos?... ¿Cómo es posible que esta ciudad de tiendas y comercios particulares y, por tanto, que tiene como característica el ansia de ascensión social, no haya tentado y atraído a los catalanes? Es inexplicable y, sobre todo, una lástima. Nueva York podría haber sido la tierra de promisión de la emigración catalana”.

Una vez que se hizo una idea de la ciudad, su trayecto se centró en la Grand Central Station, en Little Italy, donde va a comer a La Grotta Azzurra, aún existente. Del Metropolitan Opera House sólo vio la fachada al ser periodo de vacaciones. El famoso Met, considerado el mayor templo de la música lírica, estaba ubicado entonces en Broadway, entre las calles 39 y 40. En 1966 se mudó al nuevo Lincoln Center.

Es una de las cosas que cita y que ya no están. Uno de los más curiosos es el elevator, o tren elevado, que utiliza en el Lower East Village, incluido el Bowery. Ya avisa que tenía todos los números para su demolición. También vaticina la desaparición del que hay en el lado oeste. Acertó, aunque esta vía en altura se ha reconvertido en un parque.

Su estilo recuerda en ocasiones a Gay Talese, padre del periodismo literario, quién sostiene que Nueva York, en esencia, no ha cambiado. Pla no vio mendigos en el meollo más transitado de la Quinta Avenida, lugar que aparentemente ha perdido bastante de la elegancia que él le atribuye. Le emociona el Rockefeler, donde le desilusionan las pinturas de Sert. No le entusiasmó Central Park, uno de los enclaves más apreciados por los neoyorquinos. Dada su capacidad de observación, destaca que no haya alusiones a los fondistas. Se deduce que la fiebre por el ejercicio aún no existía.

Certifica que Times Square vive bajo el impacto del turismo, como hoy, después de la década peligrosa de los ochenta. Se rinde a la majestuosidad del museo Metropolitano y el románico catalán de los Cloisters, se adentra en el Greenwich Village, le entusiasma la parte vieja, la de Wall Street, y el puerto.

Da fe de la obsesión por las compras de los neoyorquinos y certifica que es una ciudad apasionante, de respuestas y no de preguntas. “He encontrado tantas cosas del norte de Europa que si se exceptúan los rascacielos, que hacen de Nueva York una pieza única, nada me ha causado sensación de desplazamiento a un país exótico y extraño”.

Cuenta que zarpó de regreso a los seis días (aunque en el libro se cita el 22 de agosto). Le despidió la luz de Coney Island.