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Una tragedia sudamericana

Por: William Ospina
El Espectador (Colombia)

El 19 de abril de 1810 los patriotas venezolanos declararon su independencia del poder español.

Simón Bolívar, quien no estuvo presente, y no firmó por lo tanto el acta de la revolución, fue nombrado después embajador en Inglaterra, acaso porque era el único que estaba en condiciones de pagarse el pasaje. Recibió una credencial para hacer reconocer al nuevo país por parte de la corona británica, y entre las muchas instrucciones que se le dieron estaba la de establecer en Londres relaciones prudentes con el viejo conspirador Francisco de Miranda.

Miranda era un hombre legendario y glorioso, y tenía ya 60 años cuando Bolívar apenas cumplía 27. Llevaba más de 30 soñando con la libertad del continente, y buscando realizar ese sueño a través de contactos con los grandes poderes del mundo. Experto militar, había sido parte de la Independencia de los Estados Unidos y de la Revolución Francesa. Amigo de aristócratas y jefes de Estado, y amante de Catalina de Rusia, quien lo autorizó a llevar el uniforme de su país, aquel héroe asombroso de varias guerras había dejado su nombre en París, en el Arco del Triunfo.

Una de las primeras cosas que hizo Bolívar al llegar a Londres fue buscar a Miranda en su casa de Grafton Square. Desde su encuentro se los vio muchas veces caminando por la ciudad y asistiendo juntos a los lugares públicos y al teatro. Miranda le abrió su alma. Había soñado un país formado por toda Sudamérica, que se llamaría Colombia, como desagravio a Cristóbal Colón, a quien un cartógrafo casual había arrebatado la gloria de bautizar al mundo que había descubierto, y estaría gobernado por un monarca cuyo título sería el Inca. Hasta había diseñado la bandera de ese país ilusorio, con los tres colores primarios del iris, el amarillo, el azul y el rojo. Bolívar fue más allá de lo autorizado, y convenció a Miranda de volver a Venezuela para ponerse a la cabeza de la revolución.

Bolívar también anhelaba la Independencia, pero intuyó que ésta difícilmente se lograría a través de alianzas entre grandes potencias. No bastaba unir a Francia e Inglaterra contra España, porque esos alineamientos momentáneos cambiaban al soplo del viento. A España sólo la expulsaría la lucha de los americanos.

Nombrado jefe del ejército, Miranda intentó disciplinar a los guerreros para sacar de ellos eficientes soldados de estilo europeo, sin comprender que de la arcilla de esos indios del trópico, de esos jaguares llaneros hechos de intemperie y silencio, no saldrían jamás armadas prusianas. Un día Miranda se asomó a la puerta de su caserna, vio a un oficial haciendo piruetas sobre un caballo para complacer a unos soldados y se enfureció por tanta indisciplina, pero cuando llegó exasperado a amonestar al oficial, descubrió que el hombre de las piruetas era el propio Bolívar.

Éste sabía que no tenía bajo su mando ejércitos europeos, sabía que para ganarse la confianza de sus soldados necesitaba demostrarles que era capaz de hacer todo lo que ellos hacían. Sólo mostrándose tan rudo y ocurrente como ellos podía lograr que no lo vieran como un señorito rico dándoselas de jefe de tropas. Las tensiones entre los dos grandes hombres, que tenían un mismo sueño pero métodos tan distintos, crecieron con los días. Miranda nombró a Bolívar defensor de la fortaleza de Puerto Cabello, un cargo de alta responsabilidad, pero que podía ser interpretado como una manera de mantener a Bolívar lejos del frente de batalla. La fortaleza estaba llena de prisioneros españoles ricos e influyentes y contenía un arsenal importante. Bolívar vio desde el comienzo que la guardia con que contaba no sería suficiente en caso de ataque, ni para someter la fortaleza en el caso probable de que los prisioneros sobornaran a sus guardianes y se apoderaran de ella. Pidió repetidas veces refuerzos a Miranda y no obtuvo respuesta. Tropas españolas venían en camino, el peligro era inmenso, y Miranda, en vez de atacar a los frentes enemigos como Bolívar lo habría hecho, se limitaba a mantener posiciones y defenderse. Un nuevo llamado de auxilio tampoco obtuvo respuesta.

Lo cierto es que un día, como Bolívar lo temía, los prisioneros sobornaron a los jefes de guardia y se apoderaron de la fortaleza, cuando ya se cernían sobre las costas de Carabobo los regimientos del español Monteverde. Hay quien dice que Bolívar se distrajo; lo cierto es que la fortaleza no podía defenderse con las tropas disponibles. Escribió a su jefe en un estado de contrición indescriptible. Se sentía culpable de esa derrota que ponía en peligro la revolución, aunque sabía que aquel fracaso no era su culpa exclusiva.

Cuando Miranda, que había hecho caso omiso a sus demandas, o no las había recibido, se enteró de la caída del fuerte, comprendió que la revolución había fracasado, y no se lo atribuyó tanto a sí mismo como a la indisciplina de las tropas. Al recibir la noticia dijo, en inevitable francés: Venezuela est blesée au coeur. Y tomó la arriesgada decisión de capitular ante el enemigo, pensando evitar una inminente masacre de patriotas. Para él, la revolución estaba vencida.

Pero Bolívar pensaba otra cosa. Se sentía abrumado por los remordimientos porque la pérdida del fuerte era su responsabilidad personal, pero un hombre como él, de una resistencia casi sobrehumana, jamás habría aceptado la derrota. Cuando se enteró de que Miranda había capitulado, su contrición se transformó en cólera. Ante la pérdida de un fuerte, Miranda, en vez de contraatacar, renunciaba. Lo habían nombrado jefe de la revolución y se creía su dueño.

¿Cómo firmaba un armisticio sin consultar siquiera con sus hombres? Para Miranda tal vez aquel gesto era un alto prudente en los planes de la revolución, para evitar una represión sanguinaria; para Bolívar era una traición. Saltó sobre su caballo con algunos amigos y voló a la Guaira a castigar al traidor. Las oscuras tensiones entre los dos grandes aliados finalmente estallaban.

Al día siguiente, cuando Miranda despertó, listo para partir al exilio, como lo había acordado con los españoles, Bolívar le apuntaba al rostro con una pistola. Y al pasar a la habitación siguiente, mientras Miranda decía: “Bochinche, es lo único que esta gente sabe hacer”, los españoles irrumpieron en la escena, y al ver a Miranda sometido, se apoderaron de él, e incumplieron todos los acuerdos. Bolívar, por intercesión milagrosa de un amigo suyo, el español Iturbe, obtuvo un pasaporte para irse al exilio. Pero Miranda fue confinado dos años en una celda venezolana, y después en una celda española, y allí murió, mudo de amargura, dos años después.

La Independencia de nuestra América comenzaba con esa inolvidable tragedia.